No es norte todo lo que reluce

Publicado el domingo, 17 de agosto de 2014

Siempre se dice aquello de que, como en casa, en ningún sitio. Y bien, no siendo del todo cierto, algo de verdad esconde. Esta frase cobra especial énfasis cuando uno vuelve de vacaciones y hace balance de lo que acaba de conocer y lo compara con lo habitualmente trata. Últimamente me pasa que gana casi siempre lo que ya conocía. Y, sin riesgo de ser un defensor vehemente de Galicia (que para algo nací en la millor terreta del món), las comparaciones son odiosas con otras zonas del mal llamado "Norte" (al final, para mí no dejan de ser "Oeste", pero ya se sabe del "mesetacentrismo" que domina el lenguaje).

Las históricas niñas bonitas del turismo del "Norte" son Euskadi y Asturias (¿quién no ha estado en los Lagos de Covadonga o ha visitado el Guggenheim?). Una muy trabajada multi-oferta con cabida para los amantes de la gastronomía, de la cultura y de los entornos naturales ha conseguido que estén de moda año tras año para jóvenes, familias y adictos a los viajes. Pero de un tiempo a esta parte, Galicia hace todos los esfuerzos posibles para presentarse guapa y aseada ante esos potenciales turistas que parecen no conocer qué ocurre al final de la A-6 (o de la A-52). A fuerza de Xacobeos y de unas muy sólidas campañas publicitarias, se trata de equilibrar la balanza. No seré yo quien pida turistas a gritos, pero voy a permitirme unas cuantas aclaraciones que decantan la balanza para Galicia. Sin acritud, pero con orden.

El paisaje. A los que sabemos enumerar más de tres variedades de arbustos y matorrales, el verde nos deja embobados, lo reconozco. "¿Quién riega todo esto?", me pregunto más de una vez. Así que esa loma verdosa, esa hierba soberanista y ese camino entre árboles, nos chiflan como a los turistas japoneses las sevillanas. Y en ese eterno contraste entre la parte interior y la costera, no hay quien supere a Galicia.

La costa. Aquí Galicia hace trampas, ya que cuenta con casi 1.500 kilómetros de costa (contra los 400 de Asturias y los 250 de Euskadi), pero así es la vida. Se debe reconocer que entornos como el islote de Gaztelugatxe o la ría que abre Mundaka son de una belleza sublime, pero nada que no se pueda encontrar en la Costa da Morte, desde Malpica hasta Lira, pasando por Camariñas, Muxía, Fisterra ó Corcubión. O, por qué no, la belleza cantábrica de A Mariña. Y todo mucho menos transitado y más natural, salvo alguna cosa.

Las playas. Hablemos con propiedad: las playas en Galicia son Champions League, pese a esa temperatura del agua que hiela hasta el alma. Y contamos con una variedad apabullante: playas urbanas como Riazor en A Coruña, playas interminables como A Lanzada entre O Grove y Sanxenxo, playas evocadoras como Rodas en las Cíes, playas de bocadillo de tortilla y filetes de pollo como Samil, playas para pasajeros con poco equipaje como Barra en Cangas y así hasta el infinito.

El interior. Cuando crees que todo lo interesante a ver en Galicia está bañado por el Atlántico o el Cantábrico, descubres el resto. La Ribeira Sacra es hermosa por definición, imposible por conjunción e indomable por composición. El Camino de Santiago ha sabido labrar múltiples grietas para horadar el corazón de Galicia, desde Pedrafita hasta Sarria y, desde ahí, hasta Compostela. Y, cómo no, no se puede olvidar ni O Courel, ni Os Ancares, donde el relieve marca la forma de ser y de vivir de sus gentes.

Las ciudades. El casco viejo de Bilbao es bonito, acogedor y limpio, pero Santiago le pasa por la izquierda en cuanto a encanto. San Sebastián tiene un paseo hermoso y una playa icónica, pero en belleza y misticismo le gana la zona de Riazor-Orzán y la Torre de Hércules de A Coruña. Vitoria dicen que es una ciudad amigable y cómoda para vivir, algo que iguala sin problemas Pontevedra. Y aún guardo los ases en la manga de Ourense, Lugo, Ferrol y Vigo.

Los pueblos. Casa pintadas, reminiscencias de pescadores, una animada plaza, terrazas junto al mar y tardes eternas viviendo. Euskadi, Cantabria y Asturias tienen mucho de eso, pero por aquí ponemos sobre la mesa Viveiro, Muros y Baiona. Si me fuerzas, Oleiros, Vilagarcía, Cangas o Moaña. Se debe reconocer que a veces por aquí se peca de feismo, pero no en todo se va a ser perfectos, ¿no?

La gastronomía. Me río yo de la sidra y de txacolí, teniendo Godello, Albariño, Ribeiro o Mencía. Me río de los pintxos cuando tienes cientos de fiestas gastronómicas que honran al vino, al marisco, al pulpo, al bonito, al pan y, prácticamente, a cualquier cosa que se pueda llevar a la boca. ¿Y qué sería del mundo sin la crema de orujo y el licor café? Sin duda, un sitio más seguro.

Los precios. Si sabes dónde, en Galicia una mariscada son 25 euros. Si me apuras, una comida se paga casi con el billete más pequeño. Una caña lleva comida suficiente para cenar y para dar de comer a las gaviotas. Y un café se acompaña "de gratis" un trozo de bolla. Y, amigos, a 2,50 euros el pintxo en la zona vieja de San Sebastián, poco más que añadir.

La gente. Como no, para cerrar todo esto, es necesario hablar de la gente, pero esta vez sin comparaciones. Los que hayáis venido alguna vez a Galicia lo sabréis: aquí todo el mundo es atento y en cada esquina te sorprende una sonrisa. El sentido del humor se fusiona con la retranca y la realidad se dulcifica a golpe de -iño.

En imagen, viejos refugios de pastores cerca de Folgoso do Courel, actualmente en desuso, en la ruta de los sequeiros de Mostad. Imágenes como ésta demuestran el potencial turístico que tenemos por este lado del mundo, sin tener en cuenta los "olvidos" de esta entrada.

La estrella en el jardín

Publicado el miércoles, 16 de julio de 2014

Debo reconocer que la cerveza no me gusta, me cae antipático su sabor y me da cierto repelús su color. Habrá quien se escandalice, pero es así. No consigo que entre ni con compañeros de vaso deliberadamente elegidos para camuflar su sabor. Si acaso, y por estrambótico que parezca, tuve un pequeño escarceo cervecero en Bélgica, donde probé variedades de chocolate, frambuesa y melocotón. Y poco más. Lo reconozco, cuando veo a esa panda de hipsters cocinando una paella con cebolla, casi me entran ganas de llorar. Confieso todo esto para que, con cautela o con asombro, leáis con compasión las siguientes líneas.

Centrémonos. Hasta mi primera visita a A Coruña, allá por 2007, había podido esquivar a mi pequeña enemiga. Pero una tarde fuimos a un sitio llamado "La Estrella", un bar atiborrado de gente y con fama de tener la mejor cerveza de la ciudad. Aunque la variedad de su carta era más bien reducida: Estrella, Estrella Sin, clara de Estrella y agua. No entendía que en tal fijación por la cebada no cupiera un refresco que le insuflara un poco de chispa a la vida. Por aquello de no desentonar demasiado, me atreví con una clara que, por supuesto, desfiló casi íntegra a otro paladar más curtido en rubias. Y hasta ahí duró mi idilio con la Estrella, esa cerveza rara que a Valencia casi ni llegaba a mediados de la década pasada.

O eso parecía, porque un año y pico después di con mis huesos en A Coruña, feudo de la transformación de ese cereal fermentado tan apreciado. Poco a poco fui descubriendo como el consumo de la Estrella era algo casi patriótico al punto que resultaba prácticamente imposible encontrar bar, restaurante o antro que sirviera cualquier otra cerveza. Con el tiempo, y no sin esfuerzo, aprendí que una 1906 era el mejor premio para esas situaciones especiales y que ni Dios mínimanente gallego pide "una cerveza" de forma impersonal. No cuento con datos, pero dudo mucho que Estrella Galicia no acapare al menos dos tercios de todo el lúpulo embotellado que corre por barras y mesas autóctonas.

El caso es que, coincidiendo con mi aventura gallega, Estrella Galicia inicia su decidida expansión estatal e internacional. Es el momento en que empiezan a llegar a todos los súper (incluso a los de Valencia en plenas Fallas), declaran la guerra a sus competidores en territorio enemigo, se arrancan con campañas publicitarias sentimentales y millonarias, aprenden chino y bailan samba, nos dan las campanadas, aparecen en todas las series (sí, sí, incluso importando el concepto de product placement digital) y hasta patrocinan un equipo de Moto3. Y, sumidos en esta ola, completan su oferta de cervezas premium con la 1906 Red Vintage La Colorada y Estrella Galicia Selección Cerveza Negra.

A fuerza de un buen plan de marketing (y supongo que también gracias a un sabor muy valorado), se han convertido en la cerveza de moda. Los gallegos, vivan o no más allá de Pedrafita o A Gudiña, ya lo tenían claro y se esforzaban en conseguir un sorbo bien frío de esta rubia. Mientras, los que no acabamos de encontrar la gracia al sabor de la cebada fermentada, aguantamos estoicamente aquello de "si no te gusta, es que no la has probado lo suficiente". Puede ser.

En imagen, unas cuantas Estrellas posan como tales. Sin duda, ya es verano.

La mayoría de edad del Fiesta

Publicado el jueves, 12 de junio de 2014


Cuando cuento la historia de que el último coche de mi abuelo fue, a su vez, mi primer coche en propiedad, siempre hay alguien que encuentra algo poética la situación. Como no son buenos tiempos para la lírica, yo suelo pensar que hay un profundo pragmatismo en todo esto (el mismo que me enseñó mi abuelo toda su vida, porque siempre fue de la escuela de la rotunda sencillez): acabé heredando el que había sido su Ford Fiesta cuando él murió hace tres años y medio. Un viejo diésel matriculado en 1996, sin ningún lujo asociado, pero con menos de 70.000 kilómetros en sus ruedas. Una fierecilla de 60 caballos, con matrícula de Valencia y acostumbrada a la buena vida mediterránea: sol, garaje y paseos de fin de semana. Si hubiera sabido lo que le venía encima en los años siguientes en este lado del mundo, hubiera frenado en seco a la altura de Utiel.

Pero repasemos un poco su historia, porque bajo ese capó blanco guarda la gran odisea de recorrer los cerca de 1.000 kilómetros que separan Valencia de Vigo, un trayecto que poco tenía que ver con sus viajes habituales a La Pobla de Vallbona o Bétera. Y llegó, con solvencia y dando muestras de que podría cumplir aquello de "Con tu Ford, al fin del mundo" (¿o tal vez era "con tu Peugeot"?). Del tirón, fuimos completando a turnos esas pequeñas grandes etapas que muchos conocéis o conoceréis algún día: subir el Portillo de Bunyol, llanear por Cuenca, decidir si es mejor la M-30, la M-40 ó la M-45, cruzar Guadarrama (preferentemente por el túnel), coquetear entre los límites de las provincias castellanas, maravillarse ante la agreste entrada en Galicia y, por supuesto, el premio de descender a la Ría de Vigo.

De un día para otro, su vida cambió radicalmente. Clima, carreteras, conducción, uso... Y empezó a conocer otros sitios en los que nunca hubiese imaginado estar: Ourense, Pontevedra, Santiago, A Coruña, Ferrol ó Lugo. Luego Oporto, también Lisboa (y, por extensión, el resto de Portugal), Segovia, Madrid y Asturias en toda su grandeza. Y, así, muchos sitios. Sus más y sus menos con alguna correa y vandalismo a un lado, en estos tres años y medio el coche se ha portado como una roca. Y pese a que no es el utilitario más cómodo del mundo ni tiene aire acondicionado (¿aire acondicionado en Valencia?), seguirá con nosotros hasta que él quiera. Aunque somos conscientes de que las necesidades cambiarán en un futuro, no merece acabar en el desguace por el simple hecho de ser viejo.

Como curiosidad, en Vigo circula un hermano gemelo: no sólo comparte modelo y color, sino también provincia y año de matriculación. Ya me diréis cuántos Ford Fiesta de 1996, blancos, con cinco puertas y de gasoil, con matrícula de Valencia puede haber en Vigo (y, para mayor lucimiento, aparca en mi mismo barrio). En más de una ocasión me han creído avistar en sitios y momentos en los que estaba en otros menesteres.

A todo esto, el Ford Fiesta cumple hoy 18 años desde que salió del concesionario Daule en Valencia y mi abuelo nos lo enseñó orgulloso. De aquel día recuerdo el tintineo de las llaves contra el llavero. Como si fuera ahora mismo, veo a mi abuelo pidiéndome que le quitase la antena de la radio "per si la furtaven (por si la robaban)" y como, sin tapujos, insistía en que ese coche "seria per a tu (sería para ti)". Ciertamente preferiría que no hubiese tenido razón de haber conocido la manera en que todo esto se produjo. Y supongo que hay bastante de conexión sentimental con este superviviente de otros tiempos.

En imagen, el Ford Fiesta en la Cidade da Cultura de Santiago, en plena Costa da Morte camino de Cabo Vilán y junto al Lago de la Ercina, en los Lagos de Covadonga. Si al pobre le cuentan esto hace cuatro años...

One hit wonder

Publicado el lunes, 14 de abril de 2014

Debo reconocer que, a veces, me gusta echar un vistazo atrás y ver qué fue de esos one hit wonder que pegaron fuerte en tu vida durante un periodo de tiempo muy limitado. Una especie de banda sonora de un momento que, tan pronto como empezó a sonar, se apagó en el silencio del tiempo. Y es que con los años descubres que esos éxitos efímeros te rodean: a veces son amistades, gente famosa que ves al otro lado de la tele o lugares a los que nunca vuelves. Pues creo que os debo una explicación a un one hit wonder en toda regla del que os hablé hace unos meses: el running. Pero antes de nada conviene aclarar que va camino de ser un grupo con varios éxitos.

La realidad es que, allá por el mes de agosto, me até mis zapatillas de trekking y me puse a correr, bajo la excusa de apoyar moralmente a Cris (quien por cierto ya corría en el gimnasio). Las heridas del primer día me hicieron ver que, tal vez, sería una buena inversión hacerme con un calzado algo más apropiado y algún pantalón corto para evitar los golpes de calor estivales. Empecé arrastrándome al dictamen de un reloj: 3 minutos a paso ligero, 2 minutos andando, 3 minutos a paso ligero y para casa. Aumenté las series y pasé a correr por distancia. Tres kilómetros, después tres y medio y, más tarde, cuatro. Fue todo un hito subir hasta los cinco kilómetros. Aumenté frecuencias de dos a cuatro veces cada semana. Y me puse un objetivo, alentado por otro corredor optimista: "en febrero corres la Interrunning de Porriño", una prueba de diez kilómetros. A cuatro meses vista, cualquiera sabe.

Pero vete tú a saber las razones, la prueba se canceló y decidí adelantar mis estreno en lo que se refiere a pruebas cronometradas en la Correndo por Vigo. El entrenamiento previsto no daba para llegar a la prueba de enero preparado, pero aún así forcé hasta llegar a mi primer 10k del tirón, una semana antes de lidiar con el resto de corredores. Y aunque el mal tiempo y los excesos navideños no ayudaron, acabé empapado y dignamente mi primera prueba oficina, con un tiempo de 47:12, casi un minuto menos de mis mejores pronósticos.

Justo en ese momento, la Interrunning de Porriño volvió a tener fecha de celebración y, ni corto ni perezoso, me apunté. Por cuestiones de organización se trasladaba a marzo y yo con ella, aunque la lluvia también. Ya sin los nervios del debut y con algo más de capacidad de controlar las -justitas- fuerzas, di un par de vueltas al circuito urbano que nos habían preparado. Aún sin demasiado tiempo para entrenar, y con una ración de arepas de la madrugada anterior en el buche, paré el crono en 46:39, brazos al aire mientras cruzaba la meta.

Y en ese momento surgió la duda: "¿corres la Vig-bay (una media maratón)?", me preguntaron. "Ni de broma", dije. Pero entonces empezaron los sudores previos al cambio de década que afrontaré el próximo año. Y del día a la mañana, me vi con un plan maestro para preparar un medio maratón en un mes: este fin de semana 12 kilómetros, al siguiente 14, al siguiente 16, al siguiente 18 y, al siguiente, la prueba (eso sin contar un par de entrenamientos más por semana). Me inscribí y empecé a correr como un poseso, hasta superar los 125 kilómetros en marzo. Y sobrecumplí el plan: 12, 14, 18 y 20, con un ritmo muy controlado.

Y con esos antecedentes me calcé las zapatillas hace una semana, ante mi primera prueba de 21 kilómetros. Junto a 5.000 personas más serpenteé por la carretera de la costa que une Vigo y Baiona, con las Cíes de fondo (estaban allí, parece ser). Sudé, sufrí y me hidraté como pude. A veces adelanté a los que se iban quedando; otras, me pasaban por todos los lados. Y bastante abatido, aunque con fuerzas para levantar un brazo, completé el recorrido en 1:45:15, un minuto por debajo de mis sueños.

En cierta medida, el domingo cerré un ciclo que ha durado unos ocho meses. Unos 450 kilómetros, dos pares de zapatillas, un día y medio a trote, siete kilos menos, algunas uñas caídas y muchos buenos momentos después, he pasado de ser un patoso corredor a alguien satisfecho de su esfuerzo.Y ahora abro otro, porque no sé muy bien cuál va a ser el siguiente reto deportivo a plantear. Tengo muchas ideas en la cabeza, pero sólo una pregunta: ¿dónde está el límite de mi cuerpo?

En imagen, una compilación de los tres dorsales que han sudado conmigo en estos últimos tres meses. Vamos a esperar para sumar el cuarto, que los kilómetros pesan.

Al encuentro de Mr. Paragüero

Publicado el miércoles, 5 de marzo de 2014

Tras más de cuatro meses de búsqueda activa, por fin puedo decir que nuestra humilde morada cuenta con un paragüero. Las exigencias eran más bien pocas pero, aunque parezca increíble, ha sido una tarea bastante difícil de completar.

Pero pongámonos en antecedentes. Los oriundos siempre citan a aquel invierno de 2000-2001, en el que la borrasca echó raíces en este lado del mundo y desterró al deseado anticiclón desde octubre hasta bien entrada la primavera. Los amantes del refranero advertían de que, al mojarnos los pies en Santa Bibiana (2 de diciembre), nos esperaban lluvias "cuarenta días y una semana". Y con tales presagios, llegaron los dos meses seguidos de lluvias y alertas meteorológicas, el tren de ciclogéneis con nombres de señoras búlgaras muy cabreadas (Petra, Qmaira, Ruth, Stephanie o Ulla) y los "mañana ya..." ("mañana ya veré si salgo a correr", "mañana ya veremos si se puede ir andando" o "mañana ya si tal le pongo gasolina a la lancha"). Y cuando las escamas empezaban a formarse, un rayo de sol ha llegado para alegrarnos esta semana.

Pese a todo, o especialmente por ello, la odisea de encontrar paragüero no fue un asunto baladí. Durante cuatro meses hemos buscado un paragüero con más o menos insistencia y con bastante mala fortuna. Empezamos en la tienda de decoración por excelencia en esta ciudad, o al menos así lo era hasta que entró en concurso de acreedores, Pórtico. Nada reseñable, como era de prever de una empresa en suspensión de pagos y con el futuro de sus trabajadores en el aire. Seguimos en Mandarina Home, donde nos ofrecieron algunos con una inútil base de tela y nos hicieron la promesa de que en un par de meses llegarían nuevos modelos. Mentira. Con más ánimos todavía, cruzamos a las grandes superficies, Carrefour y Alcampo, donde no encontramos nada. Coqueteamos con alguna tienda de decoración más chic sin éxito. Llegamos a Banak y "justo" habían vendido los últimos cinco el día de antes y no iban a encargar nuevos hasta la próxima feria internacional (de decoración o de paragüeros, cualquiera sabe). Nos dejamos caer por El Corte Inglés y, en un ejercicio magnífico de desprecio, nos regalaron un histórico "lo único que tengo para ti es que llegue el sol". Vaya, pues póngame dos de ésos.

A estas alturas, el listón empezaba a estar bajo. Básicamente con que fuera discreto y tuviera algún recipiente para recoger el agua sobrante, era suficiente. Plástico, metal sin clasificar, forja o algodón de azúcar, daba igual. Y así fue como esta misma semana pusimos punto y final a la búsqueda, con un paragüero de Mi Casa.

Paradójicamente, el sol parece que quiere volver a brillar y Mr. Paragüero, cual película de Disney, se ha rendido a los encantos de esta casa. No se sabe muy bien cuánto durará el anticiclón, pero ya puede llover lo que quiera, porque ya hemos encontrado nuestro paragüero.

En imagen, el paragüero y el paraguas se rinden a los encantos de un día despejado. Los dejaré secándose al sol.

La vida sigue igual (sin ti)

Publicado el domingo, 15 de diciembre de 2013

Es curiosa la facilidad que tenemos para sorprendernos los humanos, máxime cuando llevamos muchos años repitiendo los mismos patrones y obteniendo idénticos resultados. Sin ir más lejos, hace unos fines de semana lo hablaba con un amigo exiliado que volvía a su casa durante unos días; hace unos años, con una Cris recién aterrizada en Vigo. Y ahora que estamos tan cerca de Navidades y restan unos días para que inicie el viaje de vuelta sin turrones, tendré una pequeña dosis de esta medicina.

Pongamos por caso que estás lejos de la que hasta hace poco era tu zona de confort: familia, amigos, lugares conocidos y cariño. Todo perfecto. Por un deseo de cambiar tu vida, por una oportunidad laboral o simplemente porque te apetece, metes millas y te vas a cualquier otro lado lo suficientemente alejado para que no puedas ir todos los fines de semana a comer a casa. Y una vez allí, vives tu vida. Echas de menos una parte importante de ésta porque, al final, era casi todo lo que conocías. Te falta un trozo enorme de ese círculo llamado "tu vida" (te cojo prestada la idea, Rober). A tus amigos y familia también les faltas, a veces mucho, pero digamos que el trozo de círculo es más pequeño. Y, con mayor o menor rapidez, mayor o menor elegancia, se va diluyendo el hueco.

Tú estás perfectamente: vives tu vida, conoces gente nueva y hasta montas un blog para contarlo. "Estoy fuera y sigo vivo, ¡soy la leche!", pareces decir a los cuatro vientos. Hasta que un día vuelves por vacaciones o fechas señaladas. Y descubres que la vida, sin ti, sigue inexorablemente. ¡Y vaya que si sigue! Intentas quedar con todo el mundo y, todo el mundo, tiene una agenda de ministro. Por no hablar de que van a ser muy pocos los que van a mostrar interés real en quedar (algo así como "yo por ti estoy dispuesto a cambiar un poco mis planes", un gran logro) o mandar un triste mensaje de "cuenta conmigo para vernos". Frustración, frustración y más frustración. Iluso de ti, pensabas que en la distancia el tiempo se detenía, que los anuncios de El Almendro estaban basados en una historia real como las películas de sobremesa de Antena 3.

El paso de los años me ha enseñado que todo esto tiene dos trucos casi infalibles. El primero es no esperar nada de nadie. O casi. Con una mano cuento las personas que están dispuestas a sacrificar un poco sus planes por el simple hecho de verme (sin tener en cuenta la familia más allegada, tampoco es que tenga la vida social de un ermitaño). Con verlos a ellos me sobra, porque al final es con quien mantengo el hilo gracias a las socorridas nuevas tecnologías. El segundo, esperar todo de todos. Y a partir de ahí, que la vida sorprenda. Cada vez que aplico estos dos trucos, vuelvo a mi vida a este lado del mundo más feliz, más descansado y con más ganas de seguir la vida. Porque, sí, la vida al otro lado también sigue sin mí. Y mi vida a este lado hace tiempo que es la vida.

En imagen, dos personas caminan por un boulevard de Lisboa. En imaginación, dos mundos avanzan juntos sin saber que van por la misma vida.

La fi del silenci

Publicado el sábado, 30 de noviembre de 2013

Farem açò en valencià, perquè no hi ha cap altra manera de referir-se a la Ràdio Televisió Valenciana que no siga en la llengua del nostre país.

Com bé sabeu, el Consell de la Generalitat Valenciana ha decidit disoldre l'ens públic que, des de feia 24 anys, donava suport identitari, etnogràfic, cultural i lingüístic als qui vam nàixer o hem passat pel País Valencià. Canal 9, i la resta de canals del grup en TDT i ràdio, havien estat víctimes de la política de grans events que Zaplana i Camps havien proposat des de mitjans dels noranta. Des d'aleshores han estat molts els periodistes i professionals que han alçat la veu per dir que a RTVV no s'estaven fent bé les coses, que la manipulació i el clientelisme eren el nostre pa de cada dia. El hashtag #rtvvnoestanca va recollir durant molts dies gran part del sentir de descontent social que hi va agrupar des de l'anunci de la notícia del tancament. Vaja per davant que em sap molt greu el que ha passat amb els quasi 1.700 professionals que desenvolupaven el seu treball a aquest mitjà. Però mireu, no puc ser cínic i dir que tots s'estimàvem el difunt ara que el cos ja no està tan calent.

Tal i com estava Canal 9 avui, no acomplia cap tipus de servei públic: no informava amb veracitat, no comptava amb un planter farcit de professionals imparcials, ni era un transmissor de la identitat valenciana en conjunt (ho sent, hi ha vida més enllà de les Falles i les Fogueres). Canal 9 era una ratera d'afins, un emissor de mediocritat i una caixa sense fons de diners que arrossegava un deute estratosfèric des de l'arribada de Zaplana. I l'audiència, que en els seus moments va superar el 20%, amb dificultats arribava ja al 5%. Mai no va saber entendre que els temps canviaven, que els mitjans es feien socials i que la competència creixia. Ningú va fer res per recordar que per als espectadors de Canal 9 és irrellevant què passa amb el Real Madrid, però no tant l'última partida al Trinquet de Pelaio. Eixa imatge de servei públic, en valencià i de qualitat era una mentida. Està clar que el gran culpable té cadira al Palau de la Generalitat, però uns altres són els professionals emmudits que per allí treballaven.

Sabeu el que es veu des de fora? Jo us ho dic: Canal 9 és Tómbola. Canal 9 és manipulació. Canal 9 és "no mos* furtaran l'aigua els catalans". Canal 9 és Gürtel, Nóos, Bigotes i Carlos Fabra, en resum, corrupció. Canal 9 ara mateix era l'eina de treball d'un partit, el PP-CV, que sempre es va construir la seua imatge aprofitant-se dels estómacs agraïts dels periodistes de la casa. I amb això vull dir que molt difícilment podrà existir cap govern que puga garantir una ràdio televisió pública allunyada del poder polític, sense manipulació i sostenible. Uns s'aproparan més o menys, però el poder polític sempre voldrà escudellar en la paella informativa.

Reconec que, des que tinc consciència crítica, Canal 9 m'ha decebut en moltes ocasions, informativament parlant. Més enllà de la manipulació evident en el tractament de molts temes, la sectària tria de informacions ha estat més que deliberada. Durant molts anys no va existir el 25 d'abril, la música en valencià, els problemes reals dels valencians o les tasques socials i culturals que molts desenvolupàrem a les nostres comarques. La fi del silenci que van escenificar molts periodistes de la casa un cop es va decidir el tancament, no era el trencament del mutisme que esperàvem ara, ja feia anys que ho hauríem d'haver viscut. Molts hem fet periodisme compromès i combatiu mentre altres s'excusaven en un perillòs "els qui governen són els qui han de dir-nos com fer el nostre treball". Error.
Però també he de reconèixer que Canal 9 està a gran part de la meua infància. Sempre recordaré quan el meu iaio, amb tota la seua immensa estima, em preguntava si de veritat parlant xurro entenia el que deien eixos dibuixos. I tant que entenia això que deien els d'A la babalà.

Per totes les experiències viscudes, per tot allò que podria haver arribat a ser i mai ho va ser, em sent més dolgut. Perquè en el fons crec que RTVV és necessària, ja que ningú com ella mateixa per contar una part de la nostra vida, de la nostra gent, del nostre poble. Però tinc la sensació que això mai no podrà ser. Em sent dual: sobre el paper Canal 9 és necessària com a servei públic, però com a mitjà públic al servei del partit del govern mai ho serà.

En imatge, un record a la carta d'ajust de Canal 9 que, durant molts anys, era la imatge prèvia a l'inici de l'A la babalà. Després ja eixien els noms dels qui acomplien anys.

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