One hit wonder

Debo reconocer que, a veces, me gusta echar un vistazo atrás y ver qué fue de esos one hit wonder que pegaron fuerte en tu vida durante un periodo de tiempo muy limitado. Una especie de banda sonora de un momento que, tan pronto como empezó a sonar, se apagó en el silencio del tiempo. Y es que con los años descubres que esos éxitos efímeros te rodean: a veces son amistades, gente famosa que ves al otro lado de la tele o lugares a los que nunca vuelves. Pues creo que os debo una explicación a un one hit wonder en toda regla del que os hablé hace unos meses: el running. Pero antes de nada conviene aclarar que va camino de ser un grupo con varios éxitos.

La realidad es que, allá por el mes de agosto, me até mis zapatillas de trekking y me puse a correr, bajo la excusa de apoyar moralmente a Cris (quien por cierto ya corría en el gimnasio). Las heridas del primer día me hicieron ver que, tal vez, sería una buena inversión hacerme con un calzado algo más apropiado y algún pantalón corto para evitar los golpes de calor estivales. Empecé arrastrándome al dictamen de un reloj: 3 minutos a paso ligero, 2 minutos andando, 3 minutos a paso ligero y para casa. Aumenté las series y pasé a correr por distancia. Tres kilómetros, después tres y medio y, más tarde, cuatro. Fue todo un hito subir hasta los cinco kilómetros. Aumenté frecuencias de dos a cuatro veces cada semana. Y me puse un objetivo, alentado por otro corredor optimista: "en febrero corres la Interrunning de Porriño", una prueba de diez kilómetros. A cuatro meses vista, cualquiera sabe.

Pero vete tú a saber las razones, la prueba se canceló y decidí adelantar mis estreno en lo que se refiere a pruebas cronometradas en la Correndo por Vigo. El entrenamiento previsto no daba para llegar a la prueba de enero preparado, pero aún así forcé hasta llegar a mi primer 10k del tirón, una semana antes de lidiar con el resto de corredores. Y aunque el mal tiempo y los excesos navideños no ayudaron, acabé empapado y dignamente mi primera prueba oficina, con un tiempo de 47:12, casi un minuto menos de mis mejores pronósticos.

Justo en ese momento, la Interrunning de Porriño volvió a tener fecha de celebración y, ni corto ni perezoso, me apunté. Por cuestiones de organización se trasladaba a marzo y yo con ella, aunque la lluvia también. Ya sin los nervios del debut y con algo más de capacidad de controlar las -justitas- fuerzas, di un par de vueltas al circuito urbano que nos habían preparado. Aún sin demasiado tiempo para entrenar, y con una ración de arepas de la madrugada anterior en el buche, paré el crono en 46:39, brazos al aire mientras cruzaba la meta.

Y en ese momento surgió la duda: "¿corres la Vig-bay (una media maratón)?", me preguntaron. "Ni de broma", dije. Pero entonces empezaron los sudores previos al cambio de década que afrontaré el próximo año. Y del día a la mañana, me vi con un plan maestro para preparar un medio maratón en un mes: este fin de semana 12 kilómetros, al siguiente 14, al siguiente 16, al siguiente 18 y, al siguiente, la prueba (eso sin contar un par de entrenamientos más por semana). Me inscribí y empecé a correr como un poseso, hasta superar los 125 kilómetros en marzo. Y sobrecumplí el plan: 12, 14, 18 y 20, con un ritmo muy controlado.

Y con esos antecedentes me calcé las zapatillas hace una semana, ante mi primera prueba de 21 kilómetros. Junto a 5.000 personas más serpenteé por la carretera de la costa que une Vigo y Baiona, con las Cíes de fondo (estaban allí, parece ser). Sudé, sufrí y me hidraté como pude. A veces adelanté a los que se iban quedando; otras, me pasaban por todos los lados. Y bastante abatido, aunque con fuerzas para levantar un brazo, completé el recorrido en 1:45:15, un minuto por debajo de mis sueños.

En cierta medida, el domingo cerré un ciclo que ha durado unos ocho meses. Unos 450 kilómetros, dos pares de zapatillas, un día y medio a trote, siete kilos menos, algunas uñas caídas y muchos buenos momentos después, he pasado de ser un patoso corredor a alguien satisfecho de su esfuerzo.Y ahora abro otro, porque no sé muy bien cuál va a ser el siguiente reto deportivo a plantear. Tengo muchas ideas en la cabeza, pero sólo una pregunta: ¿dónde está el límite de mi cuerpo?

En imagen, una compilación de los tres dorsales que han sudado conmigo en estos últimos tres meses. Vamos a esperar para sumar el cuarto, que los kilómetros pesan.

Al encuentro de Mr. Paragüero

Tras más de cuatro meses de búsqueda activa, por fin puedo decir que nuestra humilde morada cuenta con un paragüero. Las exigencias eran más bien pocas pero, aunque parezca increíble, ha sido una tarea bastante difícil de completar.

Pero pongámonos en antecedentes. Los oriundos siempre citan a aquel invierno de 2000-2001, en el que la borrasca echó raíces en este lado del mundo y desterró al deseado anticiclón desde octubre hasta bien entrada la primavera. Los amantes del refranero advertían de que, al mojarnos los pies en Santa Bibiana (2 de diciembre), nos esperaban lluvias "cuarenta días y una semana". Y con tales presagios, llegaron los dos meses seguidos de lluvias y alertas meteorológicas, el tren de ciclogéneis con nombres de señoras búlgaras muy cabreadas (Petra, Qmaira, Ruth, Stephanie o Ulla) y los "mañana ya..." ("mañana ya veré si salgo a correr", "mañana ya veremos si se puede ir andando" o "mañana ya si tal le pongo gasolina a la lancha"). Y cuando las escamas empezaban a formarse, un rayo de sol ha llegado para alegrarnos esta semana.

Pese a todo, o especialmente por ello, la odisea de encontrar paragüero no fue un asunto baladí. Durante cuatro meses hemos buscado un paragüero con más o menos insistencia y con bastante mala fortuna. Empezamos en la tienda de decoración por excelencia en esta ciudad, o al menos así lo era hasta que entró en concurso de acreedores, Pórtico. Nada reseñable, como era de prever de una empresa en suspensión de pagos y con el futuro de sus trabajadores en el aire. Seguimos en Mandarina Home, donde nos ofrecieron algunos con una inútil base de tela y nos hicieron la promesa de que en un par de meses llegarían nuevos modelos. Mentira. Con más ánimos todavía, cruzamos a las grandes superficies, Carrefour y Alcampo, donde no encontramos nada. Coqueteamos con alguna tienda de decoración más chic sin éxito. Llegamos a Banak y "justo" habían vendido los últimos cinco el día de antes y no iban a encargar nuevos hasta la próxima feria internacional (de decoración o de paragüeros, cualquiera sabe). Nos dejamos caer por El Corte Inglés y, en un ejercicio magnífico de desprecio, nos regalaron un histórico "lo único que tengo para ti es que llegue el sol". Vaya, pues póngame dos de ésos.

A estas alturas, el listón empezaba a estar bajo. Básicamente con que fuera discreto y tuviera algún recipiente para recoger el agua sobrante, era suficiente. Plástico, metal sin clasificar, forja o algodón de azúcar, daba igual. Y así fue como esta misma semana pusimos punto y final a la búsqueda, con un paragüero de Mi Casa.

Paradójicamente, el sol parece que quiere volver a brillar y Mr. Paragüero, cual película de Disney, se ha rendido a los encantos de esta casa. No se sabe muy bien cuánto durará el anticiclón, pero ya puede llover lo que quiera, porque ya hemos encontrado nuestro paragüero.

En imagen, el paragüero y el paraguas se rinden a los encantos de un día despejado. Los dejaré secándose al sol.

La vida sigue igual (sin ti)

Es curiosa la facilidad que tenemos para sorprendernos los humanos, máxime cuando llevamos muchos años repitiendo los mismos patrones y obteniendo idénticos resultados. Sin ir más lejos, hace unos fines de semana lo hablaba con un amigo exiliado que volvía a su casa durante unos días; hace unos años, con una Cris recién aterrizada en Vigo. Y ahora que estamos tan cerca de Navidades y restan unos días para que inicie el viaje de vuelta sin turrones, tendré una pequeña dosis de esta medicina.

Pongamos por caso que estás lejos de la que hasta hace poco era tu zona de confort: familia, amigos, lugares conocidos y cariño. Todo perfecto. Por un deseo de cambiar tu vida, por una oportunidad laboral o simplemente porque te apetece, metes millas y te vas a cualquier otro lado lo suficientemente alejado para que no puedas ir todos los fines de semana a comer a casa. Y una vez allí, vives tu vida. Echas de menos una parte importante de ésta porque, al final, era casi todo lo que conocías. Te falta un trozo enorme de ese círculo llamado "tu vida" (te cojo prestada la idea, Rober). A tus amigos y familia también les faltas, a veces mucho, pero digamos que el trozo de círculo es más pequeño. Y, con mayor o menor rapidez, mayor o menor elegancia, se va diluyendo el hueco.

Tú estás perfectamente: vives tu vida, conoces gente nueva y hasta montas un blog para contarlo. "Estoy fuera y sigo vivo, ¡soy la leche!", pareces decir a los cuatro vientos. Hasta que un día vuelves por vacaciones o fechas señaladas. Y descubres que la vida, sin ti, sigue inexorablemente. ¡Y vaya que si sigue! Intentas quedar con todo el mundo y, todo el mundo, tiene una agenda de ministro. Por no hablar de que van a ser muy pocos los que van a mostrar interés real en quedar (algo así como "yo por ti estoy dispuesto a cambiar un poco mis planes", un gran logro) o mandar un triste mensaje de "cuenta conmigo para vernos". Frustración, frustración y más frustración. Iluso de ti, pensabas que en la distancia el tiempo se detenía, que los anuncios de El Almendro estaban basados en una historia real como las películas de sobremesa de Antena 3.

El paso de los años me ha enseñado que todo esto tiene dos trucos casi infalibles. El primero es no esperar nada de nadie. O casi. Con una mano cuento las personas que están dispuestas a sacrificar un poco sus planes por el simple hecho de verme (sin tener en cuenta la familia más allegada, tampoco es que tenga la vida social de un ermitaño). Con verlos a ellos me sobra, porque al final es con quien mantengo el hilo gracias a las socorridas nuevas tecnologías. El segundo, esperar todo de todos. Y a partir de ahí, que la vida sorprenda. Cada vez que aplico estos dos trucos, vuelvo a mi vida a este lado del mundo más feliz, más descansado y con más ganas de seguir la vida. Porque, sí, la vida al otro lado también sigue sin mí. Y mi vida a este lado hace tiempo que es la vida.

En imagen, dos personas caminan por un boulevard de Lisboa. En imaginación, dos mundos avanzan juntos sin saber que van por la misma vida.

La fi del silenci

Farem açò en valencià, perquè no hi ha cap altra manera de referir-se a la Ràdio Televisió Valenciana que no siga en la llengua del nostre país.

Com bé sabeu, el Consell de la Generalitat Valenciana ha decidit disoldre l'ens públic que, des de feia 24 anys, donava suport identitari, etnogràfic, cultural i lingüístic als qui vam nàixer o hem passat pel País Valencià. Canal 9, i la resta de canals del grup en TDT i ràdio, havien estat víctimes de la política de grans events que Zaplana i Camps havien proposat des de mitjans dels noranta. Des d'aleshores han estat molts els periodistes i professionals que han alçat la veu per dir que a RTVV no s'estaven fent bé les coses, que la manipulació i el clientelisme eren el nostre pa de cada dia. El hashtag #rtvvnoestanca va recollir durant molts dies gran part del sentir de descontent social que hi va agrupar des de l'anunci de la notícia del tancament. Vaja per davant que em sap molt greu el que ha passat amb els quasi 1.700 professionals que desenvolupaven el seu treball a aquest mitjà. Però mireu, no puc ser cínic i dir que tots s'estimàvem el difunt ara que el cos ja no està tan calent.

Tal i com estava Canal 9 avui, no acomplia cap tipus de servei públic: no informava amb veracitat, no comptava amb un planter farcit de professionals imparcials, ni era un transmissor de la identitat valenciana en conjunt (ho sent, hi ha vida més enllà de les Falles i les Fogueres). Canal 9 era una ratera d'afins, un emissor de mediocritat i una caixa sense fons de diners que arrossegava un deute estratosfèric des de l'arribada de Zaplana. I l'audiència, que en els seus moments va superar el 20%, amb dificultats arribava ja al 5%. Mai no va saber entendre que els temps canviaven, que els mitjans es feien socials i que la competència creixia. Ningú va fer res per recordar que per als espectadors de Canal 9 és irrellevant què passa amb el Real Madrid, però no tant l'última partida al Trinquet de Pelaio. Eixa imatge de servei públic, en valencià i de qualitat era una mentida. Està clar que el gran culpable té cadira al Palau de la Generalitat, però uns altres són els professionals emmudits que per allí treballaven.

Sabeu el que es veu des de fora? Jo us ho dic: Canal 9 és Tómbola. Canal 9 és manipulació. Canal 9 és "no mos* furtaran l'aigua els catalans". Canal 9 és Gürtel, Nóos, Bigotes i Carlos Fabra, en resum, corrupció. Canal 9 ara mateix era l'eina de treball d'un partit, el PP-CV, que sempre es va construir la seua imatge aprofitant-se dels estómacs agraïts dels periodistes de la casa. I amb això vull dir que molt difícilment podrà existir cap govern que puga garantir una ràdio televisió pública allunyada del poder polític, sense manipulació i sostenible. Uns s'aproparan més o menys, però el poder polític sempre voldrà escudellar en la paella informativa.

Reconec que, des que tinc consciència crítica, Canal 9 m'ha decebut en moltes ocasions, informativament parlant. Més enllà de la manipulació evident en el tractament de molts temes, la sectària tria de informacions ha estat més que deliberada. Durant molts anys no va existir el 25 d'abril, la música en valencià, els problemes reals dels valencians o les tasques socials i culturals que molts desenvolupàrem a les nostres comarques. La fi del silenci que van escenificar molts periodistes de la casa un cop es va decidir el tancament, no era el trencament del mutisme que esperàvem ara, ja feia anys que ho hauríem d'haver viscut. Molts hem fet periodisme compromès i combatiu mentre altres s'excusaven en un perillòs "els qui governen són els qui han de dir-nos com fer el nostre treball". Error.

Però també he de reconèixer que Canal 9 està a gran part de la meua infància. Sempre recordaré quan el meu iaio, amb tota la seua immensa estima, em preguntava si de veritat parlant xurro entenia el que deien eixos dibuixos. I tant que entenia això que deien els d'A la babalà.

Per totes les experiències viscudes, per tot allò que podria haver arribat a ser i mai ho va ser, em sent més dolgut. Perquè en el fons crec que RTVV és necessària, ja que ningú com ella mateixa per contar una part de la nostra vida, de la nostra gent, del nostre poble. Però tinc la sensació que això mai no podrà ser. Em sent dual: sobre el paper Canal 9 és necessària com a servei públic, però com a mitjà públic al servei del partit del govern mai ho serà.

En imatge, un record a la carta d'ajust de Canal 9 que, durant molts anys, era la imatge prèvia a l'inici de l'A la babalà. Després ja eixien els noms dels qui acomplien anys.

Cómo corrí con vuestra madre

"Kids, in the summer of 2013, I started running. But not for sport, but for love"

Éste podría ser el inicio de una de esas conversaciones en las que, con una locución clásica de una voz en off, me dirigiría a unos supuestos hijos en un momento (muy) futuro. Seguramente, ellos permanecerían sentados en un sofá y con cara de aburrimiento. Tras ésta, caerían unas cuantas historias repletas de locuras de amor cometidas por su padre para conquistar a su madre, aunque probablemente no dé para nueve temporadas.

El caso es que desde hace unos días he empezado a correr, aprovechando esta suave verano y, sobre todo, como animador de Cris. "Tú corres, yo te apoyo", al menos en un principio (como en la vida, descubres que cada uno tiene un ritmo y no todo es tan fácil). Y tengo algunas ideas. Como por ejemplo que el running me parece un deporte estúpido, simple, anodino y perjudicial para prácticamente todas mis articulaciones, pero absolutamente adictivo. Algo así como esos que comen tizas o se preparan un vaso de leche con detergente en aquel programa de la tele. La clave está en que un día puedes arrastrarte cual cucaracha coja durante 3.000 metros y dos meses después acabar tu primera media maratón. O al menos ésa es la sensación que tienes mientras intentas que tu pie izquierdo no pise a tu pie derecho y acabes rodando por el suelo.

No hago esto porque sea un moderno y haya sucumbido a la penúltima tendencia en la ciudad (que por cierto, en Vigo es así). De hecho, voy con ropa no demasiado conjuntada del Decathlon y unas Nike bastante apañadas para lo que pagué. Una inversión económica mínima y un esfuerzo titánico para motivarme en esta travesía por Castrelos, un hermoso parque arbolado que sirve de pulmón a la zona de Vigo en la que vivo. Los inicios fueron duros, gracias especialmente a unas zapatillas de trekking que a punto estuvieron de costarme los pies y mi peregrina idea de correr con vaqueros (que rápidamente me quitaron de la cabeza). Ya veis, de moderno nada, para ser un anti-héroe sólo me falta la camiseta de Jack Daniel's.

No os vayáis a creer que tengo un buen ritmo; digamos que Bolt aún me saca unas cuantas décimas. Debo mejorar la forma en que tomo aire, para que mi respiración no recuerde a la de un bulldog francés: lastimosa, excesivamente revolucionada y al borde del colapso. Pero, tres semanas después de haber empezado, ya empiezo a coger velocidad de crucero. Parece una tontería, pero he creado una rutina, intento ponerme pequeños retos y hasta he conseguido que no me adelanten algunos niños. Pundonor, vaya. Ya sólo falta que el lluvioso invierno vigués no dé al traste con mis buenas intenciones de pisar pista tres veces por semana. Y si así fuera, al menos podré contar que yo corrí por amor.

En imagen, las bambas made in Thailand que me acompañan en esta aventura. Entre vosotros y yo: ni ellas mismas se creen lo que me está durando esta fiebre deportiva.

De la comunicación en tiempos de tragedia

A estas alturas habrá muy poca gente que no se haya enterado de la que parece que será la noticia del verano, el descarrilamiento con fatídicas consecuencias del Alvia Madrid-Ferrol poco antes de llegar a Santiago. Mucho se ha hablado (y se seguirá hablando) de todo lo relacionado con el accidente y, tal vez por eso, en esta entrada voy a dejar a un lado lo que es el mero análisis de los hechos. Lo hago ahora, con la reflexión suficiente y cuando el ruido mediático ha bajado. Me apetece centrarme en las cuestiones puramente comunicativas, que para algo soy periodista. Si me lo permitís, voy a analizar los aspectos comunicativos que me han parecido más relevantes y que han focalizado la atención desde aquel 24 de julio a las 20.42 horas.

- En una comunidad como Galicia con una tasa de penetración de Internet (e Internet móvil) casi diez puntos inferior a la media estatal, la canalización de información de inmediatez se produjo a través de las redes sociales. Twitter recogió las primeras noticias, la demanda de profesionales médicos y las necesidades de sangre. Durante las 24 horas siguientes a la catástrofe, la inmensa mayoría de trending topics estaban relacionados con el accidente. No en vano, muchos fuimos los que nos enteramos de la noticia por la red social casi inmediatamente, menos de veinte minutos después de haberse producido (mientras las ediciones de los grandes medios y la inmensa mayoría de los periodistas convencionales pacían en la ignorancia). Tuvimos el alma en vilo al ver las primeras fotografías del Alvia volcado y deseábamos que la imparable cuenta de fallecidos se detuviera. Muchos acudimos a los centros de donación según las indicaciones de los tuits de otros anónimos y fuimos un altavoz de la realidad.

- Las ediciones digitales de los medios, aunque superadas en primera instancia por las redes sociales, reaccionaron con las ventajas del medio: del titular y los breves teletipos a ingentes cantidades de contenidos audiovisuales de mayor o menor calidad. Documentos propios, declaraciones publicadas diez minutos antes que la competencia y análisis de profesionales volcados prematuramente de la edición en papel en muchos casos. Mucha cintura y una buena dosis de exclusivas. Es el presente del periodismo.

- Mientras todo esto hervía, La Primera programaba la enésima repetición de un Comando Actualidad añejo. "Una leve referencia en el TD2 y al entretenimiento, que total tampoco es para tanto", debieron pensar. En el 24 horas, imágenes de archivo e información de teletipo para rellenar hasta bien entrada la madrugada. Sin conexiones, sin imágenes propias, sin informaciones de primera mano. Y dos explicaciones sobre la mesa: ¿calibró TVE mal las consecuencias del descarrilamiento de Angrois o directamente no hay medios en el Centro Territorial RTVE de Galicia? Si se trata de la primera hipótesis, dimisión en bloque del consejo de informativos de TVE; si es lo segundo, que miren bien si merece la pena mantener esta agonía o recoger el chiringuito. Autocrítica, por favor.

- Ante este panorama, Televisión de Galicia lo hizo bien y mal: conectó para mi gusto algo tarde y lo hizo regalando imágenes muy duras. Pero pasado eso, enorme despliegue profesional y técnico, evitando el amarillismo, centrándose en las necesidades (y no en los juicios mediáticos) y realizando una comunicación de proximidad excelente. No es comparable, pero toda una lección para Canal 9 por su lamentable cobertura del accidente del metro de Valencia en 2006.

- La sorpresa más significativa vino de la mano de dos canales que tengo escondidos en los puestos 26 y 27 de mi televisión, esto es, Intereconomía y 13TV. Paradójicamente, aunque con el viento a su favor por estar en espacio de tertulia, dedicaron unas cuantas horas al directo de la tragedia. Contaron con intervenciones de expertos en la materia y demostraron algo de cintura. Una lástima que el resto de generalistas privadas no lo hicieran esa noche (y luego se permitieran criticar a Núñez Feijóo por dirigirse a los medios en gallego).

- La gran sombra de la cobertura informativa fue, sin duda, el juicio mediático que ha recibido el maquinista del Alvia descarrilado. Vaya por delante que yo no sé si este hombre es culpable, pero me parece una buena persona y diría hasta que parece un profesional intachable. Un beneplácito, por cierto, que en ABC le arrebataron cuando el tren todavía humeaba, al darle una vuelta bastante encabronada a una foto de Facebook. A partir de ahí, insinuaciones y descalificaciones deontológicamente inasumibles o directamente punibles, proferidas en su gran mayoría por medios conservadores.

- Y si el juicio mediático fue atroz, mejor ni hablamos de la carroña repartida por las tertulias matinales de Telecinco y Antena 3. No comentaré nada de reporteros del programa de Ana Rosa bombardeando por Twitter a personas que ayudaron en las vías. Ni una palabra para esas preguntas a los vecinos de Angrois que removían en el hedor de los muertos. Ni un segundo para los que lanzaban hipótesis sobre el maquinista, excusándose en los testigos. Suerte que la gente de por aquí es de otra pasta.

En imagen, la que parece que será una de las fotografías que recordaremos con el paso de los años. Un vecino de Angrois le entrega en volandas una niña a un bombero.

Hundir la flota

A veces sucede que la economía es un juego de mesa con inesperados participantes y reglas completamente arbitrarias. "En mi casa se juega así", que diría Piedrahita. Una lucha de egos de personas acomplejadas que buscan la victoria fácil. El comisario de Competencia de la UE, Joaquín Almunia, es de esos jugadores que guardan un par de ases en la manga. Mejor, es de esos que se levantan, miran descaradamente las cartas de su contrincante y juegan a su antojo.

El naval gallego está en pie de guerra desde hace unos meses por el llamado "tax lease", una especie de exenciones fiscales concedidas entre que conseguían inyectar una buena dosis de competitividad a la construcción de buques en Ferrol y Vigo, frente a los astilleros extracomunitarios. Dichas ayudas, que por cierto también nutrieron sin complejos a los diques secos de Francia y Holanda, son ilegales a juicio del comisario Almunia. La devolución de estos millones de euros es lo que tiene en pie de guerra a miles de empleados del naval. Después de ver volar tuercas del tamaño de un puño años atrás en pleno centro de Vigo, os aseguro que pocas bromas se pueden tener con los compañeiros do metal.

Almunia se excusa en el clásico "esto ya estaba roto cuando yo llegué", aludiendo a la falta de competitividad de los astilleros gallegos (y, por extensión, vascos y asturianos). Podría ser, especialmente cuando la competencia es un grupo de niños singapurenses que sueldan chapa 16 horas al día. Pero en cualquier caso, las ayudas fueron avaladas por el Estado español y es de suponer que cumplían cierta legalidad vigente. Otro debate es sí tenemos que subvencionar sectores ineficientes, pero no seré yo quien inicie esa discusión.

Sea como fuere, el resultado de este Hundir la flota particular es bien sencillo: devolver las ayudas supone la destrucción inmediata de los 80.000 puestos de los 17 astilleros privados, que bajarán la persiana independientemente de su carga de trabajo actual y futura. Y aunque las ayudas no deben ser directamente devueltas por éstos, sino por armadores y entidades financieras, subsidiariamente sí tendrán que hacer frente al requerimiento de Bruselas.

El desenlace ya está más que cantado y pasa por una reconversión forzosa del corazón económico de Ferrolterra y de uno de los pulmones (venido a menos, es cierto) de Vigo. Habrá despidos, cierres, confrontación y puede que algún acuerdo. No nos olvidemos que los partidos mayoritarios critican abiertamente la decisión del comisario Almunia. Un cargo europeo, por cierto, que ya está detrás de las millonarias quitas a las subordinadas y preferentes de Novagalicia. Haciendo amigos por aquí.

En imagen, el exterior del Astillero Hijos de Barreras en Vigo, sin producción desde hace unos meses. Imágenes como ésta demuestran la crudeza con la que la crisis azota a muchos trabajadores de sectores que hasta no hace mucho se consideraban estratégicos.
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