Rebeca

Publicado el sábado, 24 de septiembre de 2016

Mientras que en la mayor parte del mundo "Rebeca" no deja de ser un nombre de mujer o una genial película de Alfred Hitchcock, en Galicia es mucho más: una amiga inseparable, una fiel consejera y un ser de infinita comprensión.

Pongámonos en antecedentes. Climatológicamente éste ha sido el mejor verano de los que he pasado en Galicia. Una estación que ya ha tocado a su fin estricto, pero que pasará a la historia por concatenar días de playa de una manera prodigiosa. Un par de mañanas de lluvia y tal vez media docena de jornadas nubladas que no son capaces de eclipsar el intenso brillo de Lorenzo. Algo pocas veces visto por estos lares que, alucina vecina, tiene algún que otro efecto colateral.

Sin ir más lejos, el buen tiempo es un pretexto maravilloso para dejar a un lado la práctica deportiva intensa. Ya se sabe: hace calor, los días son largos y no tenemos un hermano triatleta que nos lleve en volandas hasta un lugar seguro en caso de desfallecimiento súbito. Si a eso le sumamos una intensa actividad social a modo de encuentros casuales, casi siempre gastronómicos, pues apaga y vámonos. ¡A dios pongo por testigo que en las próximas semanas volveré a pasar hambre (para eliminar este peaje veraniego)!

Recuperemos el tema inicial, Rebeca. Ni en el mejor de los veranos posible, ni en el punto más álgido del mito de Galifornia, ni en la noche más tropical, un buen gallego debe olvidar a su más fiel amiga: Rebeca. O, mejor, rebeca. Un complemento imprescindible que siempre debe ir contigo si nos visitas en verano porque, querido amigo, por la noche refresca. Y si vienes en otoño, aunque el solete brille en tu cara, no dudes que una corriente de aire perversa te estará esperando agazapada cuando gires la esquina.

En imagen, una cremallera enfila decidida la recta que separa la comodidad térmica y esa sensación de fresquito permanente que puede llegar en cualquiera momento. Y tiene su encanto.

El amor en los tiempos del banco

Publicado el jueves, 8 de septiembre de 2016

El tema de conversación predilecto esta semana en Vigo, con un café o una cerveza delante, es sin duda un vídeo de amor desenfrenado sobre un banco en pleno centro de la ciudad (si me permitís, no voy a contribuir todavía más con su difusión). Un material que es carne de cotilleo y que ha corrido como la pólvora entre los grupos de whatsapp y por las redes sociales. De hecho, sería digno de un estudio sociológico que midiera el enraizamiento social y viguesil de cualquier individuo, según el tiempo que haya tardado en recibirlo.

Los cortometrajes (sí, encima llega con varias entregas ordenadas por temática) y fotografías muestran a una pareja entregada a su causa sobre parte del mobiliario urbano, a plena luz del día y en una concurrida calle de la céntrica zona de O Progreso. Aquí hay quien dice que eran las 8 de la mañana y quien cuenta que era casi mediodía. También hay quien desliza que los tortolitos podrían no estar en plena posesión de sus facultades. Se abre el abanico de las especulaciones de su zona de procedencia y hasta de sus trabajos (cierto es que el chisme se ceba más con ella, como si fuese más cuestionable su actuación que la de él). Incluso más de un incrédulo, entre los que me incluyo, creía que era algo previamente planificado o parte de una campaña de publicidad, pues nunca qué se puede llegar a hacer para atraer un puñado de turistas o promocionar la buena gestión municipal. Ya se sabe, las cosas cuando se hacen virales, se pervierten.

Pero lo cierto es que, en cuestión de horas, media ciudad teníamos el documento gráfico en nuestro móvil y contribuimos a alimentar una bola de nieve con nuestros jocosos comentarios. Un alud en toda regla que se inició con la curiosidad y el morbo de algo conocido y que, cayendo por la ladera, arrastró todo lo que fue encontrando a su paso. Incluso a estos chavales.

Este asunto sirve para traer a colación uno de mis dilemas favoritos, que lo viene siendo desde aquellos tiempos del "Aulari V": el derecho a contar y el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen. Vaya por delante que la intimidad es un concepto relativo a esas horas de la mañana en esa ubicación, pero también es cuestionable el valor informativo de un acto íntimo que no nos es ajeno. Soy un mar de dudas y cambio de parecer cada medio minuto. Tan pronto los condenaría a la horca (poéticamente hablando, claro), como les daría una piruleta y un abrazo. Y eso sin hablar de las penas de prisión, que las dispenso por momentos con la misma facilidad que Chuck Norris reparte leña: para los protagonistas, para el que graba, para la que toma café y hasta para el que puso el banco.

El momento de desenfreno es inapropiado por el sitio y el momento, es cierto. Horca. Pero también es cierto que no merecen un linchamiento de este calibre por un simple desliz. Piruleta. Se ha perdido el decoro. ¡Horca! Se ha perdido el derecho a la intimidad. ¡Piruleta! En ese banquito me he sentado yo, seguro. ¡¡Horca!! No hacen nada malo, es culpa de esta sociedad que tiene un tabú con el sexo. ¡¡Piruleta!! Voy a ser más demagogo: podrían haber pasado niños. ¡¡¡Horca!!! A veces las hormonas son así y, qué narices, parecen disfrutar, es sólo envidia. ¡¡¡Piruleta!!! Y así hasta la extenuación.

Poco se puede hacer para remediar el asunto, salvo dejar pasar el tiempo. En unos días el foco mediático y chismoso se ubicará en cualquier otro asunto y quedará en una graciosa anécdota. Confío en que sean capaces de aguantar el chaparrón, que ya hay que estar centrados o contar con buena gente cerca para hacerlo.

En imagen, un banco mucho más atractivo que tenemos en Redondela, desde el que admirar la belleza de la ría de Vigo. Por inaccesible y majestuoso, tal vez más apropiado para estos menesteres.

Combustible para incendios

Publicado el domingo, 21 de agosto de 2016

Me aterran el olor a quemado por la mañana, la lluvia congelada de ceniza y las nubes teñidas de sangre. No soporto los días amarillos, las noches naranjas y los bosques moteados de rojo. No entiendo cómo es posible que, cada año por estas fechas, Galicia acabe robando minutos en los telediarios a base de hectáreas calcinadas.


Una lluviosa primavera, un seco verano y un viento fuerte del nordés son los pretextos meteorológicos que catapultan el resto de complejas cuestiones humanas que escoden los fuegos. Como en aquel verano de 2006, los días de rabia e impotencia se mezclan con la épica de los equipos de extinción y la miseria de los afectados.


Cada vez que intento acercarme a las causas que hay detrás de los incendios en Galicia, me encuentro con personas que me cuentan cosas nuevas. Causas complejas que van mucho más allá del manido "cuestiones urbanísticas y económicas". Una explicación que, reconozco, traía de casa y que, con el paso del tiempo, he descubierto que es bastante simplista y que casi nunca responde a la realidad. 

Hace unos días coincidía con una de las personas que más sabe sobre protección de espacios naturales en Pontevedra y A Coruña y decía, sin titubear, que "la mayor parte de los incendios de Galicia son causados por desequilibrados". A mi cara de sorpresa respondió con un inquietante "nunca sabes qué está dispuesta a hacer la gente por vengarse". Le faltó ensombrecer su voz y golpear las yemas de sus dedos para añadir dramatismo a la escena.

En Galicia subsiste un sistema minifundista de urbanismo que trocea las parcelas hasta límites ridículamente insospechados. Algo propio de las aldeas, pero que sigue teniendo un inesperado protagonismo en Vigo, la principal ciudad de Galicia por población. Según este patrón, las tierras se dividen y dividen y dividen entre los hijos en los sucesivos procesos de herencias, acabando con montes y valles troceados en porciones de risa. No es extraño escuchar en boca del más urbanita que tiene "unhas terras na aldea" o "unhas leiras en [provincia de turno]".

De estas divisiones surgen rencillas entre hermanos, primos y todo tipo de parentescos familiares y no familiares imaginables que sólo pueden ir a peor. Y que, simplificando un poco el proceso y en caso afortunadamente puntuales, culminan con el desequilibrado-incendiario prendiendo fuego a los eucaliptos que lindan con el terreno del odiado de turno. Lo más preocupante es que no hace falta mucho para perpetrar un incendio en forma de venganza: unas velas aromáticas y unos mecheros (si aparece serigrafiado un "I love Galicia", mejor). Del resto ya se encarga el gran drama que subyace en Galicia y que no parece preocupar a nadie: la despoblación y la desruralización.

Está claro que el abandono de las aldeas y de su economía y el crecimiento vegetativo negativo son el tema central de este y otros problemas gallegos, especialmente recurrente fuera de la fachada atlántica. Y no hay inversión en prevención de incendios que lo mitigue: lo que hace más de medio siglo eran pastos que servían de alimento a los animales, hoy son monte bajo descontrolado o bosques de eucalipto. Antes eran el sustento de la economía, hoy son una fuente de problemas, cuyo mantenimiento regular supone un gasto no siempre amortizable con la venta de madera.

Si a todo este guiso social y meteorológico le sumamos unos ingredientes ejecutivos, tenemos un plato de estrella Michelín. Y es que no debemos olvidar que éste es el primer verano con una ley de montes que abre las puertas a urbanizar con mayor agilidad terrenos calcinados. Y, particularmente en Galicia, se puede decir que la campaña de prevención de incendios y lucha contra el fuego ha sido un desastre anunciado, con retrasos, reducción de medios y recortes de plantilla. Visto esto, no sé si habrá sido demasiado benévola esta campaña de incendios.

En imagen, uno de los incendios que acechaba Vigo la semana pasada, en el municipio de Soutomaior, 20 kilómetros al fondo de la ría. En cuestión de horas, cubrió toda la ciudad con una lúgubre boina negra y amarilla.

El paradigma

Publicado el domingo, 21 de febrero de 2016

Si esta entrada fuera una película de sobremesa de fin de semana de Antena 3 llevaría un pomposo aviso: “inspirada en hechos reales”. Pero por no reconocer la sequía creativa que padece este blog, diremos que todo lo que voy a contar se nutre de mi imaginación y no de esas intensas conversaciones que la vida siempre te depara.

Sin saber muy bien cómo o por qué, toda nuestra vida nos sentimos empujados hacia un sitio u otro. Como si fuera una pasarela mecánica de un aeropuerto, nos movemos a velocidad crucero hacia una puerta de embarque nunca cuestionada. Un vistazo no muy preciso hará que se mida nuestra rebeldía según cómo sepamos conjugar el influjo de estas fuerzas ocultas. Inevitablemente caemos en algo llamado “paradigma social”, mi nuevo término preferido y que no tengo muy claro si algún sociólogo ha definido alguna vez.

Encuentras una persona, inicias una relación, pruebas con la convivencia, compartes alegrías y miserias y formalizas legalmente lo que ya tiene toda la legitimidad del mundo. Ahora, querido lector, sigue tú con el ejercicio de enumeración y completa la serie. ¿Qué se te ocurre? ¿Disfrutar de tu pareja, dar la vuelta al mundo en piragua, aprender cantonés o tener un niño? Correcto, el paradigma social te dice que tienes que perpetuar la especie con la máxima urgencia, no vaya a ser que el remplazo generacional y la estafa piramidal de las pensiones se vayan al garete.

Y así, como quien no quiere la cosa, pasas de organizar un viaje de novios por los parques nacionales de Utah a dirimir si quieres un carrito de bebé con tres o cuatro ruedas. ¿Y si las circunstancias no me dejan ser padre ahora? ¿Y si no puedo ser padre ahora? ¿Y si no quiero ser padre ahora? El paradigma social tiene la respuesta: sí, sí y sí, que tus padres ya estuvieron en esta situación hace tres décadas.

Pero no centremos en la paternidad el discurso del “paradigma social”, llevémoslo al trabajo. Con la que está cayendo, nos han inculcado que tener un sueldo es un privilegio y todo lo demás da un poco igual: ya te pueden meter alfileres debajo de las uñas que, estoicamente, debes aguantar. Pues a veces hay quien decide bajarse de la atracción de feria porque no cumple sus expectativas o porque directamente tiene otras inquietudes. ¡Cuántas veces nos hemos insistido en vano en que “trabajamos para vivir” y no al revés!

Pues ahí está otra vez la presión cuando das un paso al frente y el resto del mundo lo percibe como un salto al vacío. ¿Qué pasaría si pudieses hacer eso sin que la gente piense que se te ha ido la pinza? O, mejor, sin que tenga la certeza de que el Tío Gilito y tú compartís cámara de caudales.

Seguramente seré yo, que siempre he sido muy liberal, bastante integrador, un poco místico y de replantear todo lo que habitualmente se acepta sin cuestionar. Un sinsentido de manual. De hecho, a modo de conclusión, ahora mismo me planteo si pedalear a rebufo del “paradigma social” no deja de ser también una elección igualmente revolucionaria y totalmente meditada. En cuyo caso, niego la mayor y dejo una gran cuestión en el aire: los carritos de bebé, ¿de tres o cuatro ruedas?

En imagen, una de esas fotografías que tomas porque te hacen gracia y que más tarde se convierten en insustituibles.

La San Francisco del Atlántico

Publicado el jueves, 6 de agosto de 2015

A decir verdad, desde que llegué a este lugar del mundo siempre escuché aquello de las semejanzas entre San Francisco y Vigo. No sin escepticismo, oí a todos los que decían que la ciudad californiana y la gallega se asemejaban en su clima, cuestas y hasta en un puente icónico. Con el paso del tiempo,se sumaban más atributos que supuestamente compartían las dos urbes y que yo no acababa de creer. Hasta que hace unas (demasiadas) semanas estuve a orillas del Pacífico como punto final de un maravilloso viaje de novios con Cris.

Pero vayamos por partes. San Francisco es una ciudad icónica, mil veces retratada en películas y series, idolatrada hasta la extenuación y capital contemporánea de la libertad y del progreso. Asediada por guiris incansables y construida en la diversidad de la globalización, se ha constituido como uno de los grandes polos de atracción del oeste americano. Con esta descripción, muy pocos verían semejanzas con Vigo. Pero hay algunos parecidos razonables, de verdad de la buena.

Cerrar los ojos y ver San Francisco es imaginarse en esa eterna cuesta que cruza la ciudad. Un tobogán desafiante que te arroja desde ese montículo sin fin hasta la fría bahía, pero multiplicado sin fin. Las cuestas desenfrenadas intercalan ascensos y descensos caprichosamente y jalonan la ciudad. Un reto para amortiguaciones poderosas que tiene un pequeño reflejo en Vigo. A su lado, aquí las cuestas acarician los gemelos.

Los coches saltimbanquis comparten protagonismo en California con un puente que tiende lazos en nuestra memoria aunque no lo hayamos atravesado. Y es que el Golden Gate, teñido de rojo y con una sombra negra de suicidios, es sin duda el paso elevado más reconocible del mundo. Caprichoso y juguetón con la niebla, contempla San Francisco desde un segundo plano mientras acoge esas kilométricas retenciones. Guarda semejanzas, aunque no exactamente constructivas, con el puente de Rande que conecta la ría de Vigo en su punto más estrecho. En ambos casos es necesario apartar la vista de la carretera, temerariamente, aunque sea unas decenas de metros.

Y es que precisamente nuestros ojos se desvían tímidamente hacia dos entornos que se calcan: la bahía de San Francisco y la ría de Vigo. Con una configuración muy semejante, dos lenguas de tierra se hunden en el mar mientras son salteadas con puntitos multicolor en los que crece la vida. Naturaleza en estado puro, entremezclada con la imborrable huella del hombre.

Vigo y San Francisco también cuentan con dos pequeñas islas que comparten protagonismo en el centro de tanta agua: San Simón en el caso de Galicia y Alcatraz en California. Y aunque con un poco más de marketing en el segundo caso, ambas piedras sirvieron de presidio en algún momento de la historia. Lo cierto es que si hablamos de tiburones, aguas gélidas y corrientes traicioneras, se debe reconocer que en bravura gana la opción de Alcatraz, ya que las mareas vivas permiten en algunos casos ir casi andando hasta “la roca” gallega. Mejor aguantarían las Islas Cíes la comparación con la icónica isla-prisión norteamericana.

¿Y qué hay al otro lado de la ría o la bahía? Sausalito y Tiburón o Cangas y Moaña, según se mire. A golpe de barco y con una forma muy distinta de entender las cosas, estas localidades reivindican su singularidad para convertirse en polos turísticos. La fugaz visita que tuve a Sausalito no me dio para analizar en profundidad las semejanzas con el O Morrazo way of life pero...

El clima de San Francisco es lo suficientemente cálido para contentar en invierno y suave para pasar un verano agradable. Nada de extremos en California, podríamos decir. Algo muy parecido a lo que ocurre en las Rías Baixas, también conocidas como Galifornia por su excepción climática al, a veces, rudo tiempo que predomina en otros puntos de Galicia.

Vigo es la ciudad de la vanguardia, cuna de la llamada Movida viguesa de los ochenta, espacio de creación en algunas etapas de muchos pintores y punto de diversidad étnica gracias a su puerto. Todo esto ha hecho que Vigo sea una ciudad liberal y transigente, cosmopolita y abierta y metida de lleno en la vanguardia. Adjetivos que, sin duda, definirían muy bien a San Francisco.

Y así podría continuar con las comparaciones, hasta el fin de los días. Hablaría de la cierta decadencia industrial que comparten las dos ciudades, de la cultura del vino y el marisco (ejem, ejem), del amor por los movimientos urbanos o de la ley de la selva que imponen los conductores de transportes públicos (en un caso al mano de vitrasas; en otro, de cable cars). Pero en algún momento se debe parar.

En imagen, un poco de mar con tierra, unas gaviotas, unas nubes, un atardecer imponente por poniente y un puente. Podría ser una vista de ambas ciudades pero, en este caso, la anotamos en la cuenta de San Francisco.

Capítulo IV

Publicado el viernes, 23 de enero de 2015

Hasta los que crecimos al calor de los últimos coletazos de la EGB nos hacemos mayores. Nunca nadie nos dijo que seríamos eternamente jóvenes, pero a ritmo de campanadas vamos sumando años y recibiendo golpes de realidad, como todos. Tampoco nosotros encontramos el elixir de la eterna juventud ni pudimos detener el otoño de nuestro calendario. Los que nacimos en el '85 encaramos un año en el que decidir si es buena idea seguir por las andadas o ponernos serios. La edad merece la reflexión, pero nadie como nosotros conoce mejor eso de "vuelva usted mañana". Lo confieso: me resulta bastante irrelevante cumplir años y, como las grandes divas, puede que deje de soplar velas en breve mientras suena Forever young.

Mentiría si dijese que me acuerdo de dónde estaba cuando cambié por última vez de década y, por supuesto, tampoco cuando me sumé al club de las dos cifras. Tengo un ligero recuerdo de que estaba trabajando, efímeramente, en McDonald's (cuando cumplí 20 años, digo, porque con 10 creo que no). Por aquel entonces las redes sociales eran una cuestión poca extendida y los recuerdos digitales muy precarios; nuestra privacidad estaba poco comprometida y mi memoria es frágil. Una lástima, porque cuesta recordar todas las cosas que quisiera guardar en ese álbum vital que todos ansiamos.

Lo que corresponde es hacer un pequeño balance de esta tercera década que ayer cerré, por supuesto con el sesgo y arbitrariedad que corresponda. Han sido diez años que se resumen en toda esa gente que he conocido, que he recuperado y que he perdido. Afortunadamente, más de lo primero y segundo que de lo tercero. De sonrisas que nacen con toda la vida por delante, de caricias de gente que siempre estuvo ahí que mueren y nos sumen en el dolor. Han sido años de cambio, del paso de la vida estudiantil a la vida laboral. De carreras, de máster, de codos, de idiomas nuevos. De cafés de máquina de facultad, de Starbucks, de meio leite, en una terraza o con espuma. De trabajos, de objetivos, de clientes, de emails que van y vienen. De Valencia y Galicia, de viajes en avión (mi cuentakilómetros dice que sobre 50.000) y de muchos reencuentros y despedidas antes de un control de seguridad. De comer y correr (unos 900 kilómetros en año y medio a golpe de podómetro), de descubrir, de notar el aire a los lomos de una moto, de visitar y de disfrutar. De combinar, no sin traumas, aquello de "insultantemente joven" y "me pasa el balón, ¿señor?". De muchas cosas, muchas instantáneas que me vienen cuando cierro los ojos, pero que no puedo teclear tan rápido. Y, ¡sblup!, se esfuman.

Y la gran pregunta, ¿qué pasará en la siguiente década? Pues cualquiera sabe, porque aquí las cosas ya empiezan a ponerse peliagudas, si hacemos caso a lo que se espera de nosotros. Para empezar, yo tampoco tengo planes más allá de esta cena. Bueno, una boda y un viaje por el oeste norteamericano, como algunos ya sabéis. Poco más: aprender, amar, viajar o soñar. La vida convencional está muy vista y, ciertamente, estoy muy agustito, que diría aquél, para dar el siguiente paso. Not yet. Pase lo que pase, iré contando alguna cosa desde aquí. Tal vez. Gracias por formar, más o menos, parte de mi vida en esta última década.

En imagen, Fisterra, eterno icono del fin de un camino (conocido) y el comienzo otro (desconocido). A este lado de la cámara, lo que no se ve, lo familiar, lo predecible; al otro, el océano de dudas, el abismo, el fin de la tierra.

Las mil y una cabeceras gallegas

Publicado el martes, 4 de noviembre de 2014

Vaya por delante que no hay malicia en la selección, pero a veces las cosas cuadran así. Y es que, hablar de prensa justo después del fin de semana más concurrido en los cementerios, me permitiréis, tiene su cierta retranca. Lo cierto es que si nos ponemos sibaritas, a los periodistas esto de la crisis nos cogió con los zapatos puestos, dado que como colectivo nunca llegamos a vivir con desasosiego, ni siquiera en los tiempos de la burbuja.

Centrémonos: durante aquellos lejanos años de facultad, las estrellas invitadas que desfilaban un cuatrimestre por nuestras vidas se encargaban de explicarnos cómo tenían su ego. Que si yo, que si mi periódico, que si mi libro, que si mi reportaje, que si cuando yo, que si...Ante tal despliegue de ombliguismo ilustrado, muy de vez en cuando, se colaban los azotes de referencia de un tal Grijelmo, una tal Fontcuberta y un tal Carreter. Uno de esos latigazos venía a decir que el ejemplo más vivo de prensa local y comarcal se daba en Galicia, donde lo que decía cualquier pequeño diario iba a misa en su ciudad. Y ahí quedó aquel comentario hasta que, todos sabemos cómo, acabé hace seis años por aquí. Y aunque ningún diario impreso contará mis aventuras, lo bien cierto es que no será por falta de espacio. La cosa queda así:
  • La Voz de Galicia: es considerado el medio de referencia dentro y fuera de Galicia y, junto al Marca, el periódico de cabecera de Mariano. Impreso a unos metros de Inditex en Arteixo, en la actualidad cuenta con 14 ediciones y presenta una línea muy afín al gobierno de Feijóo y al PP. Pese a la sangría de lectores, es el periódico más leído en Galicia, aunque no consiga datos satisfactorios si desglosamos las cifras de las principales ciudades.
  • Faro de Vigo y Opinión de A Coruña: cabeceras pertenecientes al grupo Editorial Prensa Ibérica (Levante-EMV e Información, entre otros), cuentan con una línea ideológica progresista y muy localista. Faro, decano de la prensa escrita en España, es el medio de referencia en Vigo y gran parte de la provincia de Pontevedra (a excepción de la capital y su área de influencia), hasta el punto de que con frecuencia se produce una sinécdoque ("faro" es utilizado como sinónimo de "periódico" en Vigo). La Opinión, un medio mucho más joven, recoge muchos contenidos de su hermano mayor y, de una manera modesta, plantea una alternativa en A Coruña.
  • El Progreso, Diario de Pontevedra y De luns a venres: periódicos de la provincia de Lugo, el área metropolitana de Pontevedra y principales ciudades de Galicia, respectivamente, pertenecientes ambos a los mismos dueños. Ponen su foco en la información local, donde consiguen ser líderes, y comparten el resto de páginas. No obstante, El Progreso es el medio de referencia en toda la provincia, pero Diario de Pontevedra está padeciendo más la crisis que viven los medios de comunicación. De luns a venres se escribe en gallego y se distribuye gratuitamente.
  • La Región y Atlántico: con similares propietarios, el primero es el diario de referencia en la provincia de Ourense y, el segundo, un líder indiscutible en las cafeterías viguesas (nadie se explica cómo, pero consigue colarse en todos los espacios de hostelería de la ciudad pese a ser el tercero más leído). Ponen también el acento en la información de proximidad y comparten el resto del periódico. Mantienen una línea muy vinculada a la derecha. 
  • El Correo Gallego: diario de Santiago y su zona de influencia, pese a ser fundado en Ferrol. Desde 2001 se distribuye indisolublemente con El Mundo en Galicia y estéticamente es el más rompedor de cuantos se pueden comprar por aquí. Con una información muy centrada en Santiago y Galicia, en la actualidad simpatiza con el presidente de la Xunta.
  • El Ideal Gallego, Diario de Ferrol, Diario de Arousa, Diario de Bergantiños y DxT: medios pertenecientes al Editorial La Capital, cuyo ámbito de distribución es A Coruña, Ferrol, comarca de Arousa, comarca de Bergantiños y, nuevamente, A Coruña. Comparten gran parte de la maqueta y de las noticias, pero se desmarcan con la información de proximidad. Nuevamente, mantienen líneas editoriales muy próximas a la derecha. DxT es el único diario estrictamente deportivo que se edita desde Galicia y se centra muy especialmente en el Dépor.
Una amplia y segmentada oferta a la que los medios de tirada estatal tienen que hacer frente con ediciones más o menos acertadas, como El País, ABC o Expansión. No obstante, y a modo de oasis, la prensa local y comarcal sigue ganando la partida en todos los rincones de Galicia.

Pero de un tiempo a esta parte, sólo llegan malas noticias para este hermoso ejemplo de variedad de cabeceras. A los cierres de Xornal de Galicia (2011) y Galicia Hoxe (2011) y la supresión del cuadernillo de Galicia en El País (2012), tenemos que sumar los rumores que pesan sobre algunos de los medios de los que anteriormente hablaba. No me gusta contar cosas que no han pasado (y esperemos que no pasen), pero el agónico ajuste de las cuentas de resultados de muchas de estas empresas es un hecho. Lo único cierto es que, a partir de mañana mismo, Diario de Pontevedra no saldrá a la calle durante una semana, en respuesta por los últimos despidos. Y ayer, los empleados de Editorial La Capital reclamaron el pago de nóminas atrasadas. Puede ser una buena piedra de toque para ver cómo reaccionan el resto de medios.

En imagen, un pequeño ejemplo de la variedad de medios que tenemos en Galicia. No están todos los que son, pero al paso que vamos, por desgracia poco más quedará.

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