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Dos tweets muy correctos a primera hora de la mañana me hacen desayunar con la muerte de Fraga. Mientras tomo las tostadas empiezo a darme cuenta que últimamente me informo más por mi timeline de Twitter que por los medios convencionales. A golpe de dedo llego a la app de El País y confirmo que los diarios de hoy son un ejercicio de periodismo de nevera. Recuerdo que un profesor, allá por el jurásico primer año de carrera, nos dijo que ya tenía redactada la información de la muerte de Fraga, junto a la de Juan Pablo I. Una oda de humor negro que se confirma en el momento que cae en mis manos La Voz y su veintena larga de páginas dedicadas al político de Vilalba. ¿En tan poco tiempo y tantas páginas?
Más tarde me dicen lo de los tres días de luto en Galicia y la misa del sábado en Santiago. Exceso. Hasta entonces, corrección. A media tarde entro en Facebook y ahí encuentro el aluvión de críticas. Que si ministro franquista, que si "la calle es mía", que si "a por ellos", que si Alianza Popular, que si todo menos padre de la Constitución. Yo mismo celebré la caída de Fraga y la llegada del bipartito a Galicia en 2005, desde "La ullada crítica" en Encén l'oïda. Le dimos mucha cera merecida Toni y yo con el beneplácito de Hèctor, lo reconozco. No entendíamos por qué la gente le votaba una y otra vez en este lugar del mundo y yo sigo sin entenderlo.
La figura de Fraga es polémica en Galicia. Lejos de la unanimidad que se encarga de proyectar el espectro mediático al completo, hay muchas sombras. La primera vez que me desmarqué con una rajada a dos manos a su figura no encontré demasiado apoyo entre gente progresista. "Fue ministro franquista, pero renegó de la dictadura, no fue un facha al uso", me dijeron más de una vez. Y todo esto sin la típica pátina de bondad que gana uno cuando muere. Al fin y al cabo, y como hoy recordó el nacionalista Aymerich, fue elegido durante cuatro legislaturas seguidas y con mayoría absoluta como presidente de la Xunta. Con perspectiva, no son pocos los que echan de menos a Fraga desde que Feijóo está al mando de la comunidad. Por lo menos, y siendo generoso con su última etapa política, demostró un amor enorme a Galicia que adolece casi todo su partido.
En imagen, Fraga se baña en Palomares, la que posiblemente será su imagen más recordada. Claro, acostumbrado al frío de las aguas atlánticas, ni radioactivo ni nada.
"Ya sabes cómo son estos valencianos", le dijo un lisboeta a un ourensano. Ambos, que por cierto trabajan en Vigo y cuyos padres ni siquiera son de Galicia, iniciaron con complicidad una conversación en la que yo era la forma más rápida de romper el hielo. Dos personas viajadas y sagaces cuya opinión general sobre el pueblo valenciano arrojaba más sombras que luces.
Esto es así: uno es de Aranda de Duero y nadie duda de su calado moral; uno es de Oviedo y me quito el sombrero; uno es de Mérida y le felicito. En cambio, uno dice que es de Alicante y está fastidiado. Desde que resido en Galicia, noto que esto pasa con mucha frecuencia. Para todos los que siempre habéis vivido al calor de la terreta, de Vinaròs a Torrevella y de Xàbia a Utiel; lo que digo os sonará a ruso, pero es bien cierto: los valencianos tenemos muy mala fama.
Supongo que el hecho de llevar por aquí tres años hace que las lenguas de las personas que conozco se relajen. El proceso es siempre el mismo cuando digo que no nací aquí y sigue cuatro estadios bien marcados, que avanzan con mayor o menor rapidez según la confianza:
- Indagación: "¡Ah! ¿Eres de Valencia?".
- Admiración: "Estuve en Valencia hace X años y me encantó cómo quedó la Ciudad de las Artes, ¡cuánto ha mejorado Valencia!".
- Contención: "La verdad es que en Valencia habéis abusado mucho de la construcción y cuando fui vi a gente por la calle sin camiseta".
- Confesión: "No pareces valenciano. Todos los valencianos parecen salidos de la Ruta del bakalao, amantes del tuning y votantes del PP".
Siempre me he sentido orgulloso de ser valenciano. No del estereotipo de valenciano discotequero o del promotor inmobiliario sin escrúpulos, que a estas alturas de la jugada ya no sé si es mayoritario o minoritario. Al final, el magnífico ensayo de Joan Fuster titulado Nosaltres, els valencians, nos da la respuesta. Los valencianos en conjunto somos una sociedad dual que, dejando a un lado los problemas identitarios que arrastramos como pueblo, nos hace únicos. Capaces de aupar al PP a una mayoría absoluta amplísima y de recorrer el mundo con Obrint Pas en el iPod. Muy nuestros, vamos.
En imagen, unas naranjas hacen equilibrios antes de convertirse en el primer zumo de la temporada, previsto para mañana. Imágenes como ésta nos recuerdan que también hay cosas buenas por el Levante feliz.
Recuerdo prácticamente como si fuera ayer quién y cuando me dio aquella linterna híbrida de doble foco halógeno. Un aparato publicitario, de la extinta Caixanova, pero preparado para socorrer en cualquier situación. Fue Chus, mi jefa en la Oficina Principal, en una limpieza de objetos de merchandising ya anticuados. Al ver que funcionaba con pilas y un mecanismo autogenerador, no dudé en encontrar un lugar para ella: el coche. "Nunca sabes cuándo tendrás que cambiar una rueda, cuando te será útil", pensé y sigo pensando.
El sábado madrugué como cada mañana para acompañar a Cris a por el coche. Tenemos por costumbre aparcar en el Castro, a las faldas de la montaña. Un sitio recurrente y sin civilización cerca, pero muy frecuentado a cualquier hora. Un sábado más enfilábamos la eterna cuesta que es esta ciudad, hasta comprobar como un policía local se detenía al lado de cada coche. Dos coches detrás del nuestro lo alcanzamos. "¿Se puede aparcar aquí agente?", pregunté, que tan pronto y sin carnet encima puedo llegar a ser muy cortés. "Sí. ¿Es alguno de éstos vuestro coche?", replicó. "El blanco, ¿por qué?", inquirí ya con cierto mal presentimiento. "No, por nada. Comprobad porque creo que os han roto la ventanilla", dijo con toda la tranquilidad del mundo.
Al nuestro y a cuatro más. Cristales por doquier, todo revuelto y nada de menos. No se habían llevado ni la moneda del carrito de la compra. Echaba de menos unas gafas de sol, que al final no estaban ahí. Un bluetooth infrautilizado, más tarde. Ni siquiera la radio (una antigualla de los noventa) o un CD, (porque no tenía). Es lo que tiene un Ford Fiesta del '96, que no alberga grandes tesoros.
Y así empezó un periplo de un día entero con visitas varias a la Policía nacional, a la Policía científica, a la Policía local y a Carglass. Por momentos, se ampliaba la cifra: "dicen que son 12", para luego sugerir "casi 20 he escuchado". Alguien incluso esbozó un "25 me han comentado". Al final, 21 coches, pero los cogieron.
Presentando la denuncia salió, de una caja con iPods, radios, navegadores, cargadores varios e incluso ropa sin estrenar de Decathlon; la linterna. Me sumí en un gozo desmesurado que la agente no podía entender y que, por cierto, conecta a los detenidos directamente con mi coche y con la luna quebrada. Habrá un juicio y tendré que presentarme acompañado de la prueba. Y entonces sabré que la linterna de Caixanova que me regaló Chus habrá sido muy útil.
En imagen, la protagonista de esta entrada. Por cierto, tengo el deber de custodiarla para cuando sea requerida, algo que me fastidia bastante. Cualquiera la vuelve a dejar en la guantera y que desaparezca...
Días atrás me encontré con unos cuantos muñecos de gomaespuma por el centro de Vigo. Eran una versión de Epi y Blas a tamaño natural y en movimiento. Repartían cuartillas y recorrían las calles en coches empapelados. Sin mediar palabra, me dieron un folleto impreso en un A5, en blanco y negro y a dos caras, y siguieron a lo suyo. La gente miraba con extrañeza el papel, como quien espera información sobre la llegada del circo a la ciudad o de un mercadillo solidario. Nada más lejos, las pocas líneas escritas venían a decir que no todo se acaba en PP y PSOE, que se puede votar a otros partidos, en blanco o nulo.
Éstas son las primeras elecciones que voto en Galicia de manera presencial. Hasta ahora, al resistirme al empadronamiento en Vigo, no me quedaba otra que acercarme a Correos y cumplir con los trámites para que mis papeletas volaran hasta la calle Lanjarón de Alaquàs. Un bonito viaje de 1.000 kilómetros con escasa relevancia, un derecho que sale carísimo. Pero el próximo 20-N me dejaré caer, cuatro años después, por un colegio electoral.
La verdad que estas elecciones están siendo muy descafeinadas. Todos damos por seguro que el PP va a arrasar (yo creo que va a superar los 200 diputados, sin casi esfuerzo) y el descalabro del PSOE va a ser escandaloso. El esperado cara a cara fue una pantomima de reproches, condimentado con olor a rancio y en que el ganador lo hizo por puntos, casi por desgaste del rival y sin mover una pestaña. Dónde va a parar lo animada que estuvo la velada en las redes sociales, como últimamente viene siendo habitual. El resto de partidos seguirán quedando en un segundo plano, apelando al clásico voto útil de los mayoritarios en sus dos vertientes: "que viene el PP y recorta" o "que viene Rubalcaba, que es Zapatero, y de esta no salimos". Así nos luce el pelo.
Vigo parece que va a ser el centro de la irreal batalla en Galicia. O así lo demuestra que Rubalcaba nos visite el lunes (en su único acto de campaña en Galicia, después de dejar plantada a A Coruña), mientras Rajoy lo hará también en exclusiva el martes. Y digo que la batalla es irreal, porque aunque Vigo es la segunda ciudad por número de habitantes gobernada por socialistas después del 22-M (detrás de Zaragoza), la hegemonía popular es incontestable. Con Feijóo al frente de la Xunta, el PP ha encontrado un saco de votos que parece no tener fondo. Según el CIS, Rajoy sumará 15 (cuatro más que en 2008), mientras que el PSOE se quedará con 6 (cuatro menos que en 2008) y el BNG conservará sus dos diputados.15 de 23, ríete tú de Murcia.
En imagen, un panel con carteles. Aunque me han dicho de que no es generalizado, la contención parece que marca la campaña en esta ciudad: casi sin vallas, sin banderolas, sin reparto de regalos y sin coches pasando a todas horas. Lógico, con la que está cayendo.
Desconectar: dícese de ese bello placer de estirar del cable que alimenta la rutina. O desactivar el piloto automático para volver a disfrutar de las turbulencias. O quitarse las gafas de sol cuando acaba el verano. O someter a la lengua a experimentos gustativos inimaginables. O equivocarse en el primer cruce y volver a trazar el camino. O, sencillamente, olvidarse de las noticias, de las obligaciones y de los problemas.
Así es como, un año más, me siento. El ocaso estival es, por segunda temporada, el inicio de mis días de asueto. No soy animal de playas y sí de ciudades y temas pendientes, ese tipo de cosas que se pueden posponer hasta el fin de septiembre. Ahora que alguien canta aquello de que "no quedan días de verano", me decido a convertir la estación de las hojas amarillas en un verano. Y aunque este año no habrá excursiones endulzadas con gofres y chocolate o regadas con cerveza, tengo un buen plan. Empezó con unos días descubriendo el Señorío de Molina, continúa en Alaquàs i contornada y remata con la siempre convincente Portugal, en su capítulo lisboeta.
Pero no relatemos acontecimientos todavía por acaecer, centrémonos en los momentos atrapados por los carretes fotosensibles de nuestras vidas. Guadalajara me parecía una de esas provincias que nunca pisaría. Una parada prescindible entre dos ciudades enamoradas de sí mismas, Barcelona y Madrid. Una tierra baldía forjada en tiempos mejores y consumida por la vecina villa, de un tiempo a aquí, capital. Y aunque había mucho de cierto, a veces es bueno esquivar la miopía. Desde ahora, el Señorío de Molina en Guadalajara es tierra de castillos en peñones imposibles, de verde entre dorados, de Tajo cristalino, de morcillas de arroz, de dulces con miel, de pipas y girasoles, de bromas recurrentes, de 10.000 kilómetros cuadrados, de nacionales recorridas a límites indecentes, de licores escondidos en baúles, de libros de otra época, de chuletillas, de gente agradable y de mil cosas más.
Ya he disfrutado una semana y casi ni me acuerdo de la contraseña que utilizaba cada mañana para acceder al ordenador en el trabajo. Esto sí es un buen inicio de vacaciones.
En imagen, un ciervo vigila desde una posición privilegiada el Parque Natural del Alto Tajo. Sin dificultad otea a cinco urbanitas que se adentran en sus dominios, perturbando la paz de septiembre. Puede ser divertido.
Este blog y quien se encarga de fusilar cada una de las letras que conforman esta especie de entradas de aparición irregular tienen una fijación. Bueno, tienen muchas, la mayor parte de ellas inconfesables. Pero la principal y más grande se llama Inditex. Esa especie de acrónimo de tendencias que pierde todo su encanto cuando se conoce en extensión. Esa fábrica de alegrías hiladas. Ese fondo de armario infinito de los que tenemos el bolsillo acotado.
No, no me considero un moderno, ni me dejo engatusar por las temporadas. De hecho, arrastro algunas camisetas de tiempos inmemoriales, puede que de cuando estudiaba en la universidad. Descoloridas y raídas, pero ahí aguantan estación tras estación, esperando volver a la cresta. Nunca me pondré un pantalón verde, un jersey naranja de punto o un sombrero de lino crema. Pero sí me comparé camisetas, camisas, algún vaquero, trajes y algo de abrigo. Y en mi lista de la compra textil, doy vueltas confiando en cruzar lo que necesito con lo que me gusta, reprimiendo los impulsos y aniquilando lo que quiero pero no preciso. Alguien de lo más corriente.
El caso es que hoy es un día importante para la multinacional de Arteixo. Después del salto de Zara hace un año (y Zara Home algo más), Pull&Bear, Massimo Dutti, Oysho y Stradivarius siguen el mismo camino. Arrancan su singladura en Internet y hacen temblar a todas las páginas que han crecido en ausencia de los grandes. Normal, sabiendo que la tienda online del emblema del grupo factura 600.000 euros diarios y que se prevé que en conjunto superen los 740 millones anuales. Una carta de presentación más que suficiente para ingresar en Euro Stoxx 50, el selecto club de valores de confianza en la Unión Europea.
Estamos cambiando, eso está claro. Parece el otro día cuando la gente tenía sus recelos a la compra en Internet y ahora es habitual pagar sin tocar el producto. Los Marineda City están de capa caída. A golpe de clic me estrenaré esta semana comprando algo, puede que para mí o puede que no. Una manera, como cualquier otra, de canjear indirectas por tangibles. Aunque, seguramente, no serán unos pantalones verdes, un jersey naranja de punto o un sombrero de lino crema.
En imagen, una de las capturas de la tienda de Pull&Bear, en la sección de punto. Interesante, por cierto, la sensibilidad demostrada al habilitar traducción a galego, català y euskara. Una gran ayuda para los que tenemos que refrescar vocabulario.
El tiempo es una de mis fijaciones, lo reconozco. De hecho, y como fiel reflejo de ello, he hablado de cómo me trata la meteorología desde que llegué. A veces mal, a veces bien. Podríamos decir que es uno de los temas calientes de este sitio, junto al de -me estoy curando- Inditex (por cierto, que mañana Amancio cede la presidencia del grupo a Pablo Isla y no estoy ni siquiera un poquito nervioso).
El caso es que julio ha empezado horriblemente mal y promete acabar peor. El que se supone el mejor mes del año meteorológicamente ha pinchado estrepitosamente en su primera quincena. Treinta y un días de sol, playa y veladas hasta las mil que no hay forma de encarrilar. Arena, agua fresquita y una bebida al atardecer; tiradas por al borda. Además, tengo la sensación de que esto ya lo he vivido en aquel horrible julio de 2009, pero aún así ¿quién me ha robado el mes de julio?
Pues parece que Irlanda. Una noticia afirmaba ayer que un cúmulo de bajas presiones sobre el tigre celta es el causante de un ligero desplazamiento del anticiclón de las Azores. Y ya se sabe: vientos del noroeste, cielos nublados, bajas temperaturas y lluvia intermitente. Un tiempo impropio del habitual julio en las Rías Baixas, pero así es la vida. Aún así queda esperanza: todo indica que agosto vendrá cálido y seco.
En imagen, las nubes ganan la partida a los claros en una mañana de domingo gris. Mi nuevo bañador languidece en un cajón, esperando la oportunidad de sumar un segundo baño a su bagaje.