Otro año será

Publicado el domingo, 27 de marzo de 2011

Y con éste ya han sido cuatro los años que he decidido faltar a mi cita anual con el fuego purificador. En 2008 fue Murcia. Doce meses más tarde, Magdalena festa plena. El año pasado, un fugaz vuelo rasante por la ciudad condal. Y, para culminar, una escapada a la vecina Oporto la semana pasada. Gajes del oficio, las Fallas son siempre iguales, pero son muchas las temporadas en las que suspendo en mi encuentro con San José por acumulación de ausencias. Otro año será.

La capital del norte portugués es una ciudad bonita, ajena a la que está cayendo en Portugal. Sumida en su crisis particular desde los noventa, sin complejos por caerse a trozos y buscando cómo reinventarse para seguir atrayendo al turismo. Un sitio barato (caro para ellos), cargado de gente obrigada y con enclaves bonitos. Una postal continua, siempre que sepas desde dónde mirar. Un paraíso para los hombres que susurraban a las sábanas blancas. Una prosopopeya del descanso, del turismo sin prisas. Una villa atrincherada entre SCUT y teleportagems. Una propuesta tras otra; una recomendación encadenada eternamente. Una sensación de "podría hacer mucho más". Otro año será.


Pero cerrado un viaje y una fiesta, empieza otra. Y es que este fin de semana Castelló inicia la Magdalena. Una fiesta desconocida en un sitio con aeropuerto, pero sin vuelos. Ya hemos rendido nuestro pequeño homenaje al mesón del vino y de la cerveza, así como a la romería de les Canyes. Así que, lectores castellonenses, disfrutad de esta semana. Otro año será.


En imagen, una figura del Entroido vigués arde el martes de Carnaval, paso previo al inicio de la cuaresma religiosa. Sin duda, un velado homenaje de la ciudad a mi morriña del fuego y la pólvora.

La ciudad tantas veces contada

Publicado el jueves, 17 de marzo de 2011

El bacalao es el pez por excelencia. ¿El vino? Dulce y bañado por el Douro. Autopistas y autovías de pago por doquier; medio vacías, eso sí. Limitadas a 120 km/h. Las piezas de un Ikea enorme que sí encajan. Un aeropuerto internacional que me hace babear. Esa fala tan sugerente. Tranvías de madera por cuestas empedradas casi conocidas. Puentes que unen. Algo dulce llamado pastéis de nata; promete. Revoluciones de gentes menos adormecidas. Y mil cosas más que, la verdad, todavía no conozco. Aunque me han contado tantas y tantas veces.

Por eso de estar tan cerca, éste es un buen fin de semana. Parecía que nunca iba a llegar, porque todo se complicaba. De cumpleaños a cumpleaños. Pero todo se acerca. Y, de paso, cumplo la vieja tradición instaurada desde que llegué que me prohíbe pasar el día de San José en Galicia. Lá vamos nós, Porto.

En imagen, el impresionante puente de Luís I que comunica las dos orillas del Douro. Por decirlo así, casi invita a entrar en la ciudad. Entraremos.

Días de Entroido

Publicado el sábado, 12 de marzo de 2011

No sólo de Río, Canarias y Cádiz vive el Carnaval. Y aunque seguro que son sitios maravillosos en los que pasar los días previos al trayecto por el desierto de  la Cuaresma, en Galicia también hay vida. Se llama Entroido y está muy arraigado en la cultura tradicional autóctona. Tal vez sea un buen momento para reivindicar algo de protagonismo.

Aunque no lo parezca, las réplicas son muchas y variadas. La más famosa se celebra en Xinzo de Limia, una población del centro ourensano, declarada fiesta de interés turístico nacional. De hecho, la celebración no sólo se ciñe a la semana de Carnaval, sino que se amplía durante cinco fines de semana, con intenciones bien distintas. También hay dosis de Entroido en Verín, A Coruña y, en general, muchas poblaciones del interior gallego.


Pero en Vigo también, aunque ningún día sea festivo como sí pasa en A Coruña, Pontevedra o Ourense. Y, aunque eso de participar está muy lejos de mis intenciones, al final te acabas topando con la fiesta en la calle. Un gustazo, excepto cuando una orquesta ameniza la velada de un día laborable hasta las tres de la madrugada.


Y, como buena fiesta que se precie en Galicia, existe toda una tradición gastronómica. Las orejas son las reinas de la fiesta, pero nunca es tarde para dejarse seducir por las filloas o el cocido. Por supuesto, yo que soy muy de tradiciones en la mesa, no he faltado a la cita. Son un larpeiro, xa sei.


En imagen, una furtiva captura de varias familias disfrazadas en Vigo. Hace tanto que no me disfrazo...

Nos hacemos mayores...

Publicado el sábado, 19 de febrero de 2011


Encuentro un email en el buzón de mi correo electrónico. Se titula "Nos hacemos mayores..." y viene remitido por un viejo amigo y compañero de periodismo. No puedo evitar prejuzgar y llegar a la divina conclusión de que se trata de un forward de esos que relatan lo buenos que somos los nacidos en los ochenta. Con las cejas arqueadas y sorprendido, me decido a cruzar la frontera entre lo desconocido y lo familiar, no sin pensar qué habrá movido a Eduardo a regalarme tantas líneas de un supuesto contenido prescindible. Lo consideraba una persona íntegra, un sibarita de las palabras, un trilero de experiencias. Un buen tipo, vamos. La vida es así y un contenido erróneo en un momento dado reduce a polvo tu reputación.

Primer "zas, en toda la boca": el correo no va dirigido a decenas de remitentes, ni arrastra una lista incalculable de emails. Y empiezo a leer; asuntos de connivencia social y todo eso. Hasta que escribe (perdonará mi falta de decoro, pero es estrictamente necesario): "fui por la noche al concierto de un tal Fran Healy, cantante de Travis, y creo que recordar que eras un gran fan de esa banda". Cautivado por su relato, me sumerjo en detalles de shows, en descripciones sensibles, en comentarios donosos y en virajes hilados de canciones. Pocas líneas, demasiado breves. Apunta títulos. Necesito más. Acabo de descubrir que mi grupo favorito está en reposo y su líder ha emprendido un camino en solitario.

Google es la salvación de todo. Encuentro referencias a sus dos presentaciones intimistas en Madrid y Barcelona (vaya novedad). Cambio de look, ha mutado la barba de tres días y ha renunciado a su crestas imposible y su pelo corto. Me gusta. Tropiezo incluso con un artículo de El País en el que repasan, con mucho acierto, lo que fue de su paso por Travis. Aquel veinteañero que descubrí con The man who, adoré en The invisible band, convertí en un treintañero a ritmo de 12 memories y defendí en The boy with no name y Ode to J. Smith. Acabo en Youtube viendo su primer single, que ilustra esta entrada. Leo la crónica del concierto. Y, no puedo evitarlo, abro Spotify, busco su nombre y empiezo a urdir esta entrada. El disco me resulta extraño, pero familiar. Guarda perlas que no se pueden disfrutar a la primera vez, pienso. Vuelvo a escuchar el single, definitivamente sonrío, libero la tensión a que no me guste y todo lo demás viene rodado.

Él es Travis. Nos hacemos mayores, las cosas cambian, es cierto. A veces se pierden las crestas en el pelo, aunque los ideales y las esencias siguen ahí. Pero, sin darnos cuenta, el tiempo y las experiencias vividas junto a quienes nos acompañan, nos dejan una huella. Impredecible, como es el caso. Definitivamente, nos hacemos mejores. Me encanta. Gracias Eduardo por este viaje al pasado y, como no, al presente.

La semana de las causas perdidas

Publicado el domingo, 13 de febrero de 2011

Quien algo quiere, algo le cuesta. Y, a veces, el peaje a pagar se llama "insistencia". Como tengo un máster en perseverancia y causas perdidas, no son pocos los que acaban dándome la razón, aunque sea por agotamiento. Y no me amilano ante servicios de atención al cliente.


Mi plancha deja de funcionar un día. Como estaba en garantía y tenía una plancha de reserva, la llevé al servicio técnico. "En tres días está, te llamamos". Por supuesto, nunca llamaron. A los cinco días levanté el teléfono y me dijeron que si tal la miraban sin falta esa tarde y me llamaban. Por supuesto, nunca llamaron. Llamé y no cogieron el teléfono. Peor para ellos, porque fui hasta allí y me contaron que la plancha había cascado y que tenían que pedir otra. Una semana tardaba. Por supuesto, no llegó y nadie llamó. Y así se repitió la historia durante cinco o seis días más. Hasta que al final me dijeron que era un problema de Ariete en Barcelona y que si tal les cantara las cuarenta a ellos. Dicho y hecho. ¿Al final? Que la culpa era de Italia, que no les enviaba la dichosa plancha. ¡Vaya por dios con Berlusconi! Llamadas y más llamadas hasta que al final la chica de atención al cliente me dijo un lacónico "chaval, el plazo legal desde que entregas la plancha para darte una solución es de un mes, así que olvídate del asunto hasta entonces". Y así fue, al mes de entregar la plancha -el viernes- me llamaron para decirme que allí estaba, lista para recoger. Con mi plancha nueva bajo el brazo bajé las cuestas, no sin pensar que nunca más volveré a comprar nada Ariete.


Revisando gastos descubro que, llame mucho o poco por el móvil, Movistar siempre me factura lo mismo. Extraño. Entro en la factura electrónica y, para un día que funciona, reviso conceptos y estoy pagando un fijo por Internet y un bono mensajes que nunca he contratado ni utilizado. Indignación. La historia se remonta a unos ocho meses atrás, que multiplicado por 12 euros en cada ciclo, dan un buen pico. Llamo al 609 y, después de que me cuelguen un par de veces, consigo hablar con alguien que no me tiene a la espera 20 minutos. Nada como amenazar con llevar el asunto a Consumo. Promete que al día siguiente me llamará y que hará todo lo posible por solucionarlo. Y al día siguiente llama, puntual. De momento, me devolverán los últimos seis meses y luego habrá que abrir otra incidencia. Pero está claro que en el preciso instante que cumpla la permanencia, Movistar se queda sin un cliente, que ganará Simyo. Importo poco, lo sé, pero no me robarán más.


En imagen, mi nueva y radiante plancha. No es que sea nada del otro mundo, pero todavía no he madurado lo suficiente para comprar un centro de planchado. La vida en pareja lo exigirá en un futuro, lo sé. Aunque, claro está, no será de Ariete.

El fin de la vida universitaria y otros asuntos financieros

Publicado el viernes, 4 de febrero de 2011

Adiós, ríos; adios, fontes;
adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.

O así lo diría Rosalía. Adiós, sin duda, vida universitaria. Y aunque ya hace unos cuantos años que acabé la carrera (muchos más de los que parece) y algo menos del carpetazo definitivo al máster, esta semana ha sido clave. El lunes, como buen inicio de semana, caducó mi tarjeta universitaria. Un trozo de plástico con chip y banda magnética que me acompañó durante unos cuantos años de facultades y bibliotecas y me ayudó a evadir unas cuantas tasas en los billetes de Ryanair (por aquello de ser una Visa Electron). Se fue, sin querer, uno de los últimos vínculos que tengo con la Universitat de València y, de paso, con Bancaja (o como quiera que se llame ahora).



Esa Carjeta (de la suma de carnet y tarjeta) tiene historia, lo reconozco. Era el principio de tercero de periodismo y colaboraba con el Voluntariat de la Universitat. Una de las campañas básicas se repetía cada septiembre y pretendía concienciar a los alumnos y futuros alumnos de la necesidad de solicitar plazas en valenciano para que todos tuviéramos verdadera libertad lingüística. Me chupé muchas horas en una mesa junto a Pablo, Toni, Fran y muchos más que olvido. Hacíamos lo que podíamos y, como premio, regalábamos un estuche o un portacd. A veces una bandolera o una camiseta.

Al lado siempre teníamos el stand de Bancaja, mucho más profesional. Casi hasta tenían luces y efectos especiales. Allí desfilaban metrosexuales y jovencitas más pintadas que una puerta. Riéte de los casting previos que habían superado. Ellos regalaban una tarjeta y, si te ponías cuco, hasta un pendrive (cuando, por cierto, 256 Mb eran una pasada). Y eso que no he dicho que sorteaban consolas portátiles y viajes por toda Europa.



Cansados de escuchar nuestros argumentos de venta una y otra vez, al enésimo día una de las azafatas se acercó y dijo aquello de "¿a ver, de verdad, para qué sirve esto de apuntarse aquí?". Con calma se lo expliqué y el día de su matricula escogió la opción lingüística de valenciano. Como gesto de deferencia, me dejé camelar por la Carjeta y sus regalos y lancé el carnet por los aires. Aquella chica me dijo uno de los últimos días que se había apuntado a clases para sacar el mitjà y que "el año que viene más". Ciertamente, nunca supe si fue una mentira o no. Ni hasta ahora me lo había planteado, por cierto.


El caso es que cuando caduca tu tarjeta universitaria, en cierta manera, dejas de ser universitario. Puedes recoger el título, enterarte de que ahora se mide todo en ECTS y grados o que ya no conoces a nadie estudiando en tu facultad. Pero no lo captas hasta que pasas la fecha del carnet. Confío en que la UNED tenga tarjetas de esas, que el síndrome de abstinencia es fastidiado.


En imagen, la Carjeta en un hipotético momento de despedida. En el fondo, no la he tirado porque, mientras esté en mi cartera, seguiré optando a descuentos por ser universitario. Prometo que antes de los 40 años la tiro, de verdad.

Tierra de faraones

Publicado el domingo, 16 de enero de 2011

La noticia de esta semana se llama Cidade da Cultura, un complejo cultural concebido por el ex presidente de la Xunta Manuel Fraga. Un delirio que arrancó en 1999 y cuyas puertas se empezaron a abrir el pasado 11 de enero. Digo aquello de "se empezaron a abrir" porque la pomposa inauguración del martes es la puesta en marcha de sólo dos edificios: la biblioteca y el archivo de Galicia. Quedan pues por concretar cuatro espacios más (se supone) y unos cuantos cientos de miles de metros cuadrados.

En 1999 fueron muchos los proyectos presentados por prestigiosos estudios de arquitectos: Nouvel, Perrault, Bofill, Portela o Eisenman, entre otros. Finalmente fue este último el que se adjudicó el concurso por su diseño de vanguardia y su innovadora concepción. El arquitecto estadounidense esbozó una montaña de formas onduladas en las que prevalecía la función artística al uso, creando un skyline rupturista con la Compostela actual. Un icono para la capital que convirtiera a Santiago en un nuevo lugar de peregrinación cultural.

Pero detrás de todas estas buenas intenciones y de la supuesta proyección internacional de Santiago (y Galicia) subyace lo de siempre: otro proyecto rebozado en megalomanía desmesurada. Algo, por cierto, de lo que no voy a dar lecciones, porque los valencianos adolecemos de proyectos faraónicos. Pero no puedo obviar que ya se han depositado en el Monte Gaiás más de 400 millones y no se prevé que baje de 550. O que la piedra que reviste sus fachadas y techos procede de una cantera insuficiente de un ex edil popular, algo que ha obligado a recurrir a Brasil. Minucias y sobrecostes.

Y todo esto sin formular la pregunta clave: ¿era necesario? El tiempo lo dirá. Mientras, en Galicia tenemos una nueva Ciutat de les Arts i de les Ciències. Que no digo yo que para reportajes de boda no vaya a animar a más de uno a pasar por la vicaría.

En imagen, un exterior de la Cidade da Cultura, gentileza de la galería de la fundación. Imágenes como ésta nos invitan a decir aquello de "serà per diners".

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