El caso es que en los últimos diez días se me han caído al suelo mis planes para los próximos tres meses. Que no es poco. Y es que, a priori, iba a acabar el máster en un par de semanas, entregar el proyecto el 31 de julio e incorporarme a Caixanova en septiembre. Genial. Pues iba a pasar dos meses en Valencia, aunque en julio contaba con viajar de un lado para otro.
Pero la semana pasada todo cambió. La última contraorden de Caixanova dice que el 6 de julio toca empezar en Vigo, con el proyecto estratégico a medio pastar, digeriendo todo este año y sin una idea demasiado clara de dónde acabaré. Literalmente, porque ahora estoy inmerso en la búsqueda de un nuevo piso con, quién sabe, puede que nuevos compañeros.
El caso es que en todo este proceso, que no sé demasiado bien por qué se ha acelerado, intuyo que voy a tener que decidir y mucho. Esta entrada, de hecho, la he dejado preparada para que se publique sola a eso de las 10 horas del jueves, justo cuando tengo una reunión en Vigo para tratar de aclarar qué será de mí en el próximo año. Imagino que se pondrán sobre la mesa un par de departamentos y me tocará consensuar una elección. Seguramente comunicación, marketing o recursos humanos. O, quién sabe, tal vez asesoramiento jurídico, internacionalización o análisis de riesgos, por decir una burrada. Y así será.
Sin quererlo, habré dado el paso más decisivo para empezar a mudar este blog. Pues, en un mes, cambiará de ciudad, de manías y hasta de cabecera, aunque mantendrá la esencia. Y las visitas ya no tendrán que buscar las Rías Altas, sino las Baixas. Pero todo a su tiempo y sin ponernos melancólicos.
En imagen, la última tontería que se me ocurrió, impulsada por los señores de Renfe. Sí, porque ahora en los Euromed reparten unos simpáticos caramelos que, casualidades de la vida, fueron de este color. Y lo demás ya viene rodado por la propia situación y mi imaginación...