Las canciones de otros tiempos

Publicado el viernes, 26 de marzo de 2021

“Ahora que sólo el ahora es lo único que tengo”, dice una de esas canciones de Jarabe de Palo que te hacen besar la lona del cuadrilátero. Un leñazo que cantado y rimado parece que es más suave, pero que te deja un dolor sordo que viene y va. “Qué bonito que te va cuando te va bonito, qué bonito que se está cuando se está bonito”, se serigrafía en el retrovisor del tiempo.

Hace ya unos cuantos meses que Pau Donés murió y con él un poco todos. No seré yo quien levante uno de esos tributos en los que todo es bondad. Tampoco quien recurra al lenguaje belicoso para referirse a una enfermedad que a veces la medicina cura y otras veces no, sin más, sin batallas, sin épica, sin importar las fuerzas que pongas. “Depende. ¿De qué depende? De según cómo se mire todo depende”, suena de fondo.

Lo cierto es que siento de manera inevitable un poco de admiración con la manera en la que Pau llevó el cáncer. Como la que siente un jugador de fútbol de pachangas ocasionales hacia Messi. No sé si en el símil se aprecia suficientemente la desproporcionada distancia desde la que lo veo pasar. Y no puedo evitar entonar aquello de “ciertas cosas en la vida no se hicieron para mí”. La verdad es que nunca escuché en directo a Pau Donés, ni tampoco consumía con voracidad sus discos. Mantuve una relación amor-odio con su música que en 2009 conseguí encauzar más hacia la orilla del amor, que hacia la del odio. 

Supongo que a veces las casualidades quieren que veamos señales donde no las hay, especialmente los que disfrutamos trazando líneas entre puntos. Pero no puedo negar que mis tres últimas revisiones se han alineado simétricamente con la muerte de Pau, la llegada a los cines de “Eso que tú me das” y el estreno en televisión precisamente de esta entrevista póstuma, hace ya algunas semanas. En esos días previos a los resultados mentiría si no dijese que cualquier señal inquieta, cualquier noticia te hace fruncir el ceño y cualquier soplo de aire te obliga a recolocar las gafas. “Si salgo corriendo, tú me agarras por el cuello” dan ganas de cantar más de una vez. Las tres revisiones, por cierto, salieron bien y voy lanzado ya a por los tres años de ITV favorables.

El caso es que hasta hace unos días había renunciado a ver esa charla entre Donés y Évole, porque pensaba que me superaría, que me obligaría a tragar mucha más saliva de la que estaba dispuesto, porque me tendría en vilo, con el corazón en un puño. Y mira, no estamos para sufrir, bastante llevamos cada uno en nuestra mochila como para cargar un rato las bolsas de otro. “Razón y piel, difícil mezcla”, batallan la cabeza y el corazón. Pero en el fondo sabía que no iba a encontrarme alguien místico o que rezumase sabiduría vital, sino alguien a quien no le viene bien morirse justo ahora. Como a todos.

Al hilo de la entrevista uno se pregunta cuál es el instante en que deja uno de ser enfermo de cáncer. Puede que cuando te operan, cuando recibes la última quimio o cuando acaban las revisiones a los diez años. Tal vez realmente nunca. O tal vez cuando pasa algo más grande en tu vida. “Y volver a ser yo mismo, que tú vuelvas a ser tú”, dan ganas de implorar a veces. Las enfermedades que llegan de repente no nos convierten en superhéroes, sino más bien lo contrario: nos hacen recobrar el sentido de la vida. Suena entre cursi y siniestro, pero cuando te das cuenta que vas dando saltitos sobre el filo de un cuchillo, entiendes que cualquier traspié acaba regular. 

Pau se fue y es tal vez un poco tétrico pensar que esa voz y esas letras son de una persona que ya nunca más pertenecen al tiempo que vivimos. O tal vez es precioso, porque componer y escribir es una manera de guiñar un ojo a quien sea que nos eche de menos cuando no estemos. En cualquier caso, mientras llega cualquiera de esas cosas, que suene en Spotify aquello de “eso que tú me das es mucho más de lo que pido”.

En imagen, una de esas playas infinitas de O Morrazo, concretamente Barra, hace unas cuantas semanas. ¿Se ve al fondo el final de todo?

Ese 2018 regulero

Publicado el lunes, 31 de diciembre de 2018


El día que te dicen que tienes un tumor, la vida te pega una bofetada con la mano abierta. Con toda la claridad posible escuchas cómo se ríe a carcajadas de tus sueños, de tus viajes por hacer y hasta de todas esas minucias que conviertes en los castillos de arena de tu infelicidad cotidiana. De repente, lo único que tenías claro, que ibas a vivir unas cuantas décadas, deja de ser una certeza. Y ahí, sólo ahí, me permití que el cáncer tuviera las de ganar.

De esto hace ya unos seis meses y la historia sigue dejando sin palabras a todos aquellos que la escuchan por primera vez. Cuando tomo aire para contarla a alguien que no se la espera, parece como si repitiera la bofetada a mano abierta que recibí cuando empezaba el verano. La enfermedad, en toda su amplitud, diversidad y crueldad, es cada vez menos tabú, pero cuesta hablar de ella. Y aunque el cáncer es vida, también es muerte.

Me gusta pensar que todo este proceso me ha hecho mejor persona o, al menos, más consciente de lo efímeros que somos. Pero eso es imposible, biológicamente imposible. Una vez leí que tendemos a olvidar las cosas importantes para sumirnos en la rutina. Es lo único que nos mantiene alejados de nuestra fecha de caducidad. Me pondría prosaico y diría que recorremos una senda que se desliza muchas veces hacia la vaguada de la incertidumbre como un torrente implacable que te arrastra sin importarle los hechos más probados. Pero no. El cáncer, como cualquier otra enfermedad, no deja de ser una estadística que te ha salido al revés. Es la única manera de explicar una proporción de uno contra 50.000.

El capítulo de agradecimientos es casi imposible de completar sin olvidar a alguien. Empezando por los médicos y continuando por todos aquellos amigos y familia que habéis estado físicamente o no aquí. Los que habéis arrojado luz y los que habéis sido consuelo. Los que habéis hecho kilómetros para compartir una comida o los que habéis descolgado el teléfono con un puño en el estómago. Un cariño cuyo máximo exponente ha sido mi mujer, quien siempre ha recibido las bofetadas a mi lado, quien me ha visto vomitar la vida con la quimio y quien ha tenido que cargar con las incertidumbres compartidas hasta el infinito y puede que más allá. Sin darnos cuenta, eso es ya capaz de sobrevivirnos.

El tumor acabó hecho rebanadas entre dos cristales, para posteriormente irse a la basura tras un análisis patológico. El tratamiento ya está completado desde hace tres meses y ahora estoy completamente recuperado. Empieza la fase en la que vives como si todo esto no hubiese pasado, salvo cuando se acerca la fecha de las revisiones rutinarias. Ya llevo un par y es inevitable preguntarse si volverá. Arranca el proceso de seguimiento y vuelvo al bombo de la estadística.

Y mientras tanto, se agotan los últimos compases de un 2018, a todas luces, regulero. Un año en el que hemos luchado contra todo y al que queremos sobrevivir. Un año en el que hemos perdido familia que llevaba ahí desde siempre y que creíamos inmortal, aunque algún que otro sobrino hemos ganado. Un año en el que una que yo me sé y yo hicimos mal la carta a los reyes y nos dejaron carbón en el calcetín de la salud y, sin embargo, ¡nos lo comimos con nuestros compañeros de mesa! Un año en el que el amor resulta que se acabó para algunos, pero sobrevive lo más bonito que nunca harán (¡y por ella merece la pena luchar!). Un año en el que, a pesar de todo, hemos vivido. Y por eso es el mejor.

En imagen, un camino se abre en un parque de Tokio, en una mañana soleada y casi asfixiante de agosto. Porque sí, 2018 también tuvo alguna que otra cosa buena que recordar.

Patriotismo "a lo riquiño"

Publicado el domingo, 30 de julio de 2017

El mejor vino, un albariño o un godello o un ribeiro. El mejor marisco, de la ría. La mejor carne, la ternera gallega. El mejor queso, do país. Las mejores playas, la mejor empanada, el mejor pan, el mejor terraceo, la mejor catedral, la mejor fábrica de coches, el mejor clima, la mejor gente y hasta el mejor equipo del deporte de turno. Y así una lista sin fin de superlativos productos, sitios, situaciones o cualquier cuestión susceptible de incluir en una clasificación. Todo ello para demostrar que Galicia es siempre la mejor.

Pero entremos en materia, que es para lo que hemos llegado hasta aquí: el párrafo anterior no lo lee igual alguien gallego (o con un curso avanzado de galeguidade, como es mi caso), que alguien de más allá de Pedrafita o el Padornelo y que como mucho ha cursado primero de "#mariscobaratito". Algo que parece una perogrullada, pero sobre la que conviene reflexionar. Porque sí, queridos lectores, la percepción de la excelencia en Galicia tiene un fuerte componente de geolocalización y eso es algo que no he descubierto por mí mismo en estos casi nueve años en poniente.

Como todo planteamiento teórico que se precie, es necesario buscar un nombre que defina este amor exacerbado que profesan los gallegos a la tierra y sus productos. Un término que defina de manera contundente este idilio, pero sin que despierte recelos en el centro peninsular. Llamémosle, por ejemplo, patriotismo "a lo riquiño".

Este patriotismo "a lo riquiño" aflora cuando, después de comerse una paella cocinada por el mismísimo Quique Dacosta en Dénia, un gallego espeta un "está bien, pero chuliño, donde se ponga un arroz de marisco...". También surge cuando, prácticamente azul y tiritando espasmódicamente, sale de la playa de O Vao y dice "qué maravilla la temperatura del agua, no como en el Mediterráneo que parece caldo". Eso sin olvidar el jarro de agua fría que puede recibir alguien que acaba de volver de un concierto de primer nivel en una gran ciudad europea y se atreve a contarlo; lo más normal es que escuche un "para espectáculo, el de la Panorama en las fiestas de Coia".

En cada rincón de Galicia se siente un amor desorbitado por Galicia. Un idilio que, lejos de contenerse, crece más acusadamente en todos aquellos que forman la llamada quinta provincia, la forma cariñosa con la que se conoce a Buenos Aires y, casi por extensión, a la populosa diáspora gallega. Es algo que se percibe cuando hablas con algún gallego que vive en el exterior y que notas en los lagrimones que le caen de los ojos cuando comen una ración de pulpo aquí.

No será mi voluntad contravenir este patriotismo "a lo riquiño" y mucho menos en una semana en la que la galeguidade está tan presente. Es algo que no se puede permitir el mejor blog de un valenciano en Galicia.

En imagen, unos veleros disfrutan de la ría de Vigo, posiblemente camino de las Cíes y con un espléndido día de verano. Lo que vendríamos llamando un triple "lo mejor".

La ley de las décadas

Publicado el domingo, 2 de julio de 2017

Pongamos por caso que hace algún tiempo decidí que, una vez por década, haría un gran viaje. Uno de esos en los que hasta facturas una maleta. Uno en el que tienes que poner la lavadora en algún lugar lejano porque no tienes tanta ropa. Uno con cambio horario de los buenos. Uno a un destino que aparece en una camiseta de Pull&Bear. Uno en el que recrear algo que has visto en una película. Vamos, un viaje de esos de folleto de agencia de viajes, a lo grande.

Supongo que el primer gran viaje al uso fue el de mi luna de miel, un road trip entre California, Arizona, Utah y Nevada. Con 30 años recién cumplidos y un anillo en el dedo anular, a golpe de milla en carreteras interminables y tortitas con sirope de arce, estaba liquidando la primera hoja de este pasaporte vital.

De esto hace dos años, por lo que mi teoría del gran viaje por década se mantendría latente hasta 2025, que no es poco. Suponía que podría engañar al cuerpo con una excursión por aquí, una escapada por allí, unos viajes al Mediterráneo y alguna chapuza más. Pero las conversaciones tejidas a golpe de vueltas al mundo y de veranos buceando en otros husos horarios, poco a poco consiguieron que las prioridades fueran cambiando.

Mientras este runrún avanzaba, el mundo se encargaba de dejarme claro que las planificaciones mentales no sirven para nada. Dicho de otra manera, todos nos hacemos cuentas de nuestro tiempo vital y puede que creas estar jugando apaciblemente en el segundo cuarto y la realidad es que estás en la recta final del partido. Suena duro, pero los sueños por realizar no se cumplen solos.

Dicho esto, convenía engranar la directa y emprender otro de esos viajes de más de 10 horas en avión, de meter unas líneas más a Greenwich. Y aunque Japón ganaba enteros, a veces conviene no meter más palos en las ruedas y dejar que todo converja donde tiene que hacerlo: Canadá en este 2017. Así que, aprendamos a remar en lagos, a escapar de los osos, a llevar calcetines reivindicativos y a contar en CAD. Adelantemos unos años el viaje de los 40, no vaya a ser que una crisis existencial me lo quite.

En imagen, el icónico Half Dome de Yosemite. Una de esas imágenes de mi álbum de naturaleza en estado puro que, muy pronto, ampliaré.

Rebeca

Publicado el sábado, 24 de septiembre de 2016

Mientras que en la mayor parte del mundo "Rebeca" no deja de ser un nombre de mujer o una genial película de Alfred Hitchcock, en Galicia es mucho más: una amiga inseparable, una fiel consejera y un ser de infinita comprensión.

Pongámonos en antecedentes. Climatológicamente éste ha sido el mejor verano de los que he pasado en Galicia. Una estación que ya ha tocado a su fin estricto, pero que pasará a la historia por concatenar días de playa de una manera prodigiosa. Un par de mañanas de lluvia y tal vez media docena de jornadas nubladas que no son capaces de eclipsar el intenso brillo de Lorenzo. Algo pocas veces visto por estos lares que, alucina vecina, tiene algún que otro efecto colateral.

Sin ir más lejos, el buen tiempo es un pretexto maravilloso para dejar a un lado la práctica deportiva intensa. Ya se sabe: hace calor, los días son largos y no tenemos un hermano triatleta que nos lleve en volandas hasta un lugar seguro en caso de desfallecimiento súbito. Si a eso le sumamos una intensa actividad social a modo de encuentros casuales, casi siempre gastronómicos, pues apaga y vámonos. ¡A dios pongo por testigo que en las próximas semanas volveré a pasar hambre (para eliminar este peaje veraniego)!

Recuperemos el tema inicial, Rebeca. Ni en el mejor de los veranos posible, ni en el punto más álgido del mito de Galifornia, ni en la noche más tropical, un buen gallego debe olvidar a su más fiel amiga: Rebeca. O, mejor, rebeca. Un complemento imprescindible que siempre debe ir contigo si nos visitas en verano porque, querido amigo, por la noche refresca. Y si vienes en otoño, aunque el solete brille en tu cara, no dudes que una corriente de aire perversa te estará esperando agazapada cuando gires la esquina.

En imagen, una cremallera enfila decidida la recta que separa la comodidad térmica y esa sensación de fresquito permanente que puede llegar en cualquiera momento. Y tiene su encanto.

El amor en los tiempos del banco

Publicado el jueves, 8 de septiembre de 2016

El tema de conversación predilecto esta semana en Vigo, con un café o una cerveza delante, es sin duda un vídeo de amor desenfrenado sobre un banco en pleno centro de la ciudad (si me permitís, no voy a contribuir todavía más con su difusión). Un material que es carne de cotilleo y que ha corrido como la pólvora entre los grupos de whatsapp y por las redes sociales. De hecho, sería digno de un estudio sociológico que midiera el enraizamiento social y viguesil de cualquier individuo, según el tiempo que haya tardado en recibirlo.

Los cortometrajes (sí, encima llega con varias entregas ordenadas por temática) y fotografías muestran a una pareja entregada a su causa sobre parte del mobiliario urbano, a plena luz del día y en una concurrida calle de la céntrica zona de O Progreso. Aquí hay quien dice que eran las 8 de la mañana y quien cuenta que era casi mediodía. También hay quien desliza que los tortolitos podrían no estar en plena posesión de sus facultades. Se abre el abanico de las especulaciones de su zona de procedencia y hasta de sus trabajos (cierto es que el chisme se ceba más con ella, como si fuese más cuestionable su actuación que la de él). Incluso más de un incrédulo, entre los que me incluyo, creía que era algo previamente planificado o parte de una campaña de publicidad, pues nunca qué se puede llegar a hacer para atraer un puñado de turistas o promocionar la buena gestión municipal. Ya se sabe, las cosas cuando se hacen virales, se pervierten.

Pero lo cierto es que, en cuestión de horas, media ciudad teníamos el documento gráfico en nuestro móvil y contribuimos a alimentar una bola de nieve con nuestros jocosos comentarios. Un alud en toda regla que se inició con la curiosidad y el morbo de algo conocido y que, cayendo por la ladera, arrastró todo lo que fue encontrando a su paso. Incluso a estos chavales.

Este asunto sirve para traer a colación uno de mis dilemas favoritos, que lo viene siendo desde aquellos tiempos del "Aulari V": el derecho a contar y el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen. Vaya por delante que la intimidad es un concepto relativo a esas horas de la mañana en esa ubicación, pero también es cuestionable el valor informativo de un acto íntimo que no nos es ajeno. Soy un mar de dudas y cambio de parecer cada medio minuto. Tan pronto los condenaría a la horca (poéticamente hablando, claro), como les daría una piruleta y un abrazo. Y eso sin hablar de las penas de prisión, que las dispenso por momentos con la misma facilidad que Chuck Norris reparte leña: para los protagonistas, para el que graba, para la que toma café y hasta para el que puso el banco.

El momento de desenfreno es inapropiado por el sitio y el momento, es cierto. Horca. Pero también es cierto que no merecen un linchamiento de este calibre por un simple desliz. Piruleta. Se ha perdido el decoro. ¡Horca! Se ha perdido el derecho a la intimidad. ¡Piruleta! En ese banquito me he sentado yo, seguro. ¡¡Horca!! No hacen nada malo, es culpa de esta sociedad que tiene un tabú con el sexo. ¡¡Piruleta!! Voy a ser más demagogo: podrían haber pasado niños. ¡¡¡Horca!!! A veces las hormonas son así y, qué narices, parecen disfrutar, es sólo envidia. ¡¡¡Piruleta!!! Y así hasta la extenuación.

Poco se puede hacer para remediar el asunto, salvo dejar pasar el tiempo. En unos días el foco mediático y chismoso se ubicará en cualquier otro asunto y quedará en una graciosa anécdota. Confío en que sean capaces de aguantar el chaparrón, que ya hay que estar centrados o contar con buena gente cerca para hacerlo.

En imagen, un banco mucho más atractivo que tenemos en Redondela, desde el que admirar la belleza de la ría de Vigo. Por inaccesible y majestuoso, tal vez más apropiado para estos menesteres.

Combustible para incendios

Publicado el domingo, 21 de agosto de 2016

Me aterran el olor a quemado por la mañana, la lluvia congelada de ceniza y las nubes teñidas de sangre. No soporto los días amarillos, las noches naranjas y los bosques moteados de rojo. No entiendo cómo es posible que, cada año por estas fechas, Galicia acabe robando minutos en los telediarios a base de hectáreas calcinadas.


Una lluviosa primavera, un seco verano y un viento fuerte del nordés son los pretextos meteorológicos que catapultan el resto de complejas cuestiones humanas que escoden los fuegos. Como en aquel verano de 2006, los días de rabia e impotencia se mezclan con la épica de los equipos de extinción y la miseria de los afectados.


Cada vez que intento acercarme a las causas que hay detrás de los incendios en Galicia, me encuentro con personas que me cuentan cosas nuevas. Causas complejas que van mucho más allá del manido "cuestiones urbanísticas y económicas". Una explicación que, reconozco, traía de casa y que, con el paso del tiempo, he descubierto que es bastante simplista y que casi nunca responde a la realidad. 

Hace unos días coincidía con una de las personas que más sabe sobre protección de espacios naturales en Pontevedra y A Coruña y decía, sin titubear, que "la mayor parte de los incendios de Galicia son causados por desequilibrados". A mi cara de sorpresa respondió con un inquietante "nunca sabes qué está dispuesta a hacer la gente por vengarse". Le faltó ensombrecer su voz y golpear las yemas de sus dedos para añadir dramatismo a la escena.

En Galicia subsiste un sistema minifundista de urbanismo que trocea las parcelas hasta límites ridículamente insospechados. Algo propio de las aldeas, pero que sigue teniendo un inesperado protagonismo en Vigo, la principal ciudad de Galicia por población. Según este patrón, las tierras se dividen y dividen y dividen entre los hijos en los sucesivos procesos de herencias, acabando con montes y valles troceados en porciones de risa. No es extraño escuchar en boca del más urbanita que tiene "unhas terras na aldea" o "unhas leiras en [provincia de turno]".

De estas divisiones surgen rencillas entre hermanos, primos y todo tipo de parentescos familiares y no familiares imaginables que sólo pueden ir a peor. Y que, simplificando un poco el proceso y en caso afortunadamente puntuales, culminan con el desequilibrado-incendiario prendiendo fuego a los eucaliptos que lindan con el terreno del odiado de turno. Lo más preocupante es que no hace falta mucho para perpetrar un incendio en forma de venganza: unas velas aromáticas y unos mecheros (si aparece serigrafiado un "I love Galicia", mejor). Del resto ya se encarga el gran drama que subyace en Galicia y que no parece preocupar a nadie: la despoblación y la desruralización.

Está claro que el abandono de las aldeas y de su economía y el crecimiento vegetativo negativo son el tema central de este y otros problemas gallegos, especialmente recurrente fuera de la fachada atlántica. Y no hay inversión en prevención de incendios que lo mitigue: lo que hace más de medio siglo eran pastos que servían de alimento a los animales, hoy son monte bajo descontrolado o bosques de eucalipto. Antes eran el sustento de la economía, hoy son una fuente de problemas, cuyo mantenimiento regular supone un gasto no siempre amortizable con la venta de madera.

Si a todo este guiso social y meteorológico le sumamos unos ingredientes ejecutivos, tenemos un plato de estrella Michelín. Y es que no debemos olvidar que éste es el primer verano con una ley de montes que abre las puertas a urbanizar con mayor agilidad terrenos calcinados. Y, particularmente en Galicia, se puede decir que la campaña de prevención de incendios y lucha contra el fuego ha sido un desastre anunciado, con retrasos, reducción de medios y recortes de plantilla. Visto esto, no sé si habrá sido demasiado benévola esta campaña de incendios.

En imagen, uno de los incendios que acechaba Vigo la semana pasada, en el municipio de Soutomaior, 20 kilómetros al fondo de la ría. En cuestión de horas, cubrió toda la ciudad con una lúgubre boina negra y amarilla.

El paradigma

Publicado el domingo, 21 de febrero de 2016

Si esta entrada fuera una película de sobremesa de fin de semana de Antena 3 llevaría un pomposo aviso: “inspirada en hechos reales”. Pero por no reconocer la sequía creativa que padece este blog, diremos que todo lo que voy a contar se nutre de mi imaginación y no de esas intensas conversaciones que la vida siempre te depara.

Sin saber muy bien cómo o por qué, toda nuestra vida nos sentimos empujados hacia un sitio u otro. Como si fuera una pasarela mecánica de un aeropuerto, nos movemos a velocidad crucero hacia una puerta de embarque nunca cuestionada. Un vistazo no muy preciso hará que se mida nuestra rebeldía según cómo sepamos conjugar el influjo de estas fuerzas ocultas. Inevitablemente caemos en algo llamado “paradigma social”, mi nuevo término preferido y que no tengo muy claro si algún sociólogo ha definido alguna vez.

Encuentras una persona, inicias una relación, pruebas con la convivencia, compartes alegrías y miserias y formalizas legalmente lo que ya tiene toda la legitimidad del mundo. Ahora, querido lector, sigue tú con el ejercicio de enumeración y completa la serie. ¿Qué se te ocurre? ¿Disfrutar de tu pareja, dar la vuelta al mundo en piragua, aprender cantonés o tener un niño? Correcto, el paradigma social te dice que tienes que perpetuar la especie con la máxima urgencia, no vaya a ser que el remplazo generacional y la estafa piramidal de las pensiones se vayan al garete.

Y así, como quien no quiere la cosa, pasas de organizar un viaje de novios por los parques nacionales de Utah a dirimir si quieres un carrito de bebé con tres o cuatro ruedas. ¿Y si las circunstancias no me dejan ser padre ahora? ¿Y si no puedo ser padre ahora? ¿Y si no quiero ser padre ahora? El paradigma social tiene la respuesta: sí, sí y sí, que tus padres ya estuvieron en esta situación hace tres décadas.

Pero no centremos en la paternidad el discurso del “paradigma social”, llevémoslo al trabajo. Con la que está cayendo, nos han inculcado que tener un sueldo es un privilegio y todo lo demás da un poco igual: ya te pueden meter alfileres debajo de las uñas que, estoicamente, debes aguantar. Pues a veces hay quien decide bajarse de la atracción de feria porque no cumple sus expectativas o porque directamente tiene otras inquietudes. ¡Cuántas veces nos hemos insistido en vano en que “trabajamos para vivir” y no al revés!

Pues ahí está otra vez la presión cuando das un paso al frente y el resto del mundo lo percibe como un salto al vacío. ¿Qué pasaría si pudieses hacer eso sin que la gente piense que se te ha ido la pinza? O, mejor, sin que tenga la certeza de que el Tío Gilito y tú compartís cámara de caudales.

Seguramente seré yo, que siempre he sido muy liberal, bastante integrador, un poco místico y de replantear todo lo que habitualmente se acepta sin cuestionar. Un sinsentido de manual. De hecho, a modo de conclusión, ahora mismo me planteo si pedalear a rebufo del “paradigma social” no deja de ser también una elección igualmente revolucionaria y totalmente meditada. En cuyo caso, niego la mayor y dejo una gran cuestión en el aire: los carritos de bebé, ¿de tres o cuatro ruedas?

En imagen, una de esas fotografías que tomas porque te hacen gracia y que más tarde se convierten en insustituibles.

La San Francisco del Atlántico

Publicado el jueves, 6 de agosto de 2015

A decir verdad, desde que llegué a este lugar del mundo siempre escuché aquello de las semejanzas entre San Francisco y Vigo. No sin escepticismo, oí a todos los que decían que la ciudad californiana y la gallega se asemejaban en su clima, cuestas y hasta en un puente icónico. Con el paso del tiempo,se sumaban más atributos que supuestamente compartían las dos urbes y que yo no acababa de creer. Hasta que hace unas (demasiadas) semanas estuve a orillas del Pacífico como punto final de un maravilloso viaje de novios con Cris.

Pero vayamos por partes. San Francisco es una ciudad icónica, mil veces retratada en películas y series, idolatrada hasta la extenuación y capital contemporánea de la libertad y del progreso. Asediada por guiris incansables y construida en la diversidad de la globalización, se ha constituido como uno de los grandes polos de atracción del oeste americano. Con esta descripción, muy pocos verían semejanzas con Vigo. Pero hay algunos parecidos razonables, de verdad de la buena.

Cerrar los ojos y ver San Francisco es imaginarse en esa eterna cuesta que cruza la ciudad. Un tobogán desafiante que te arroja desde ese montículo sin fin hasta la fría bahía, pero multiplicado sin fin. Las cuestas desenfrenadas intercalan ascensos y descensos caprichosamente y jalonan la ciudad. Un reto para amortiguaciones poderosas que tiene un pequeño reflejo en Vigo. A su lado, aquí las cuestas acarician los gemelos.

Los coches saltimbanquis comparten protagonismo en California con un puente que tiende lazos en nuestra memoria aunque no lo hayamos atravesado. Y es que el Golden Gate, teñido de rojo y con una sombra negra de suicidios, es sin duda el paso elevado más reconocible del mundo. Caprichoso y juguetón con la niebla, contempla San Francisco desde un segundo plano mientras acoge esas kilométricas retenciones. Guarda semejanzas, aunque no exactamente constructivas, con el puente de Rande que conecta la ría de Vigo en su punto más estrecho. En ambos casos es necesario apartar la vista de la carretera, temerariamente, aunque sea unas decenas de metros.

Y es que precisamente nuestros ojos se desvían tímidamente hacia dos entornos que se calcan: la bahía de San Francisco y la ría de Vigo. Con una configuración muy semejante, dos lenguas de tierra se hunden en el mar mientras son salteadas con puntitos multicolor en los que crece la vida. Naturaleza en estado puro, entremezclada con la imborrable huella del hombre.

Vigo y San Francisco también cuentan con dos pequeñas islas que comparten protagonismo en el centro de tanta agua: San Simón en el caso de Galicia y Alcatraz en California. Y aunque con un poco más de marketing en el segundo caso, ambas piedras sirvieron de presidio en algún momento de la historia. Lo cierto es que si hablamos de tiburones, aguas gélidas y corrientes traicioneras, se debe reconocer que en bravura gana la opción de Alcatraz, ya que las mareas vivas permiten en algunos casos ir casi andando hasta “la roca” gallega. Mejor aguantarían las Islas Cíes la comparación con la icónica isla-prisión norteamericana.

¿Y qué hay al otro lado de la ría o la bahía? Sausalito y Tiburón o Cangas y Moaña, según se mire. A golpe de barco y con una forma muy distinta de entender las cosas, estas localidades reivindican su singularidad para convertirse en polos turísticos. La fugaz visita que tuve a Sausalito no me dio para analizar en profundidad las semejanzas con el O Morrazo way of life pero...

El clima de San Francisco es lo suficientemente cálido para contentar en invierno y suave para pasar un verano agradable. Nada de extremos en California, podríamos decir. Algo muy parecido a lo que ocurre en las Rías Baixas, también conocidas como Galifornia por su excepción climática al, a veces, rudo tiempo que predomina en otros puntos de Galicia.

Vigo es la ciudad de la vanguardia, cuna de la llamada Movida viguesa de los ochenta, espacio de creación en algunas etapas de muchos pintores y punto de diversidad étnica gracias a su puerto. Todo esto ha hecho que Vigo sea una ciudad liberal y transigente, cosmopolita y abierta y metida de lleno en la vanguardia. Adjetivos que, sin duda, definirían muy bien a San Francisco.

Y así podría continuar con las comparaciones, hasta el fin de los días. Hablaría de la cierta decadencia industrial que comparten las dos ciudades, de la cultura del vino y el marisco (ejem, ejem), del amor por los movimientos urbanos o de la ley de la selva que imponen los conductores de transportes públicos (en un caso al mano de vitrasas; en otro, de cable cars). Pero en algún momento se debe parar.

En imagen, un poco de mar con tierra, unas gaviotas, unas nubes, un atardecer imponente por poniente y un puente. Podría ser una vista de ambas ciudades pero, en este caso, la anotamos en la cuenta de San Francisco.

Capítulo IV

Publicado el viernes, 23 de enero de 2015

Hasta los que crecimos al calor de los últimos coletazos de la EGB nos hacemos mayores. Nunca nadie nos dijo que seríamos eternamente jóvenes, pero a ritmo de campanadas vamos sumando años y recibiendo golpes de realidad, como todos. Tampoco nosotros encontramos el elixir de la eterna juventud ni pudimos detener el otoño de nuestro calendario. Los que nacimos en el '85 encaramos un año en el que decidir si es buena idea seguir por las andadas o ponernos serios. La edad merece la reflexión, pero nadie como nosotros conoce mejor eso de "vuelva usted mañana". Lo confieso: me resulta bastante irrelevante cumplir años y, como las grandes divas, puede que deje de soplar velas en breve mientras suena Forever young.

Mentiría si dijese que me acuerdo de dónde estaba cuando cambié por última vez de década y, por supuesto, tampoco cuando me sumé al club de las dos cifras. Tengo un ligero recuerdo de que estaba trabajando, efímeramente, en McDonald's (cuando cumplí 20 años, digo, porque con 10 creo que no). Por aquel entonces las redes sociales eran una cuestión poca extendida y los recuerdos digitales muy precarios; nuestra privacidad estaba poco comprometida y mi memoria es frágil. Una lástima, porque cuesta recordar todas las cosas que quisiera guardar en ese álbum vital que todos ansiamos.

Lo que corresponde es hacer un pequeño balance de esta tercera década que ayer cerré, por supuesto con el sesgo y arbitrariedad que corresponda. Han sido diez años que se resumen en toda esa gente que he conocido, que he recuperado y que he perdido. Afortunadamente, más de lo primero y segundo que de lo tercero. De sonrisas que nacen con toda la vida por delante, de caricias de gente que siempre estuvo ahí que mueren y nos sumen en el dolor. Han sido años de cambio, del paso de la vida estudiantil a la vida laboral. De carreras, de máster, de codos, de idiomas nuevos. De cafés de máquina de facultad, de Starbucks, de meio leite, en una terraza o con espuma. De trabajos, de objetivos, de clientes, de emails que van y vienen. De Valencia y Galicia, de viajes en avión (mi cuentakilómetros dice que sobre 50.000) y de muchos reencuentros y despedidas antes de un control de seguridad. De comer y correr (unos 900 kilómetros en año y medio a golpe de podómetro), de descubrir, de notar el aire a los lomos de una moto, de visitar y de disfrutar. De combinar, no sin traumas, aquello de "insultantemente joven" y "me pasa el balón, ¿señor?". De muchas cosas, muchas instantáneas que me vienen cuando cierro los ojos, pero que no puedo teclear tan rápido. Y, ¡sblup!, se esfuman.

Y la gran pregunta, ¿qué pasará en la siguiente década? Pues cualquiera sabe, porque aquí las cosas ya empiezan a ponerse peliagudas, si hacemos caso a lo que se espera de nosotros. Para empezar, yo tampoco tengo planes más allá de esta cena. Bueno, una boda y un viaje por el oeste norteamericano, como algunos ya sabéis. Poco más: aprender, amar, viajar o soñar. La vida convencional está muy vista y, ciertamente, estoy muy agustito, que diría aquél, para dar el siguiente paso. Not yet. Pase lo que pase, iré contando alguna cosa desde aquí. Tal vez. Gracias por formar, más o menos, parte de mi vida en esta última década.

En imagen, Fisterra, eterno icono del fin de un camino (conocido) y el comienzo otro (desconocido). A este lado de la cámara, lo que no se ve, lo familiar, lo predecible; al otro, el océano de dudas, el abismo, el fin de la tierra.

Las mil y una cabeceras gallegas

Publicado el martes, 4 de noviembre de 2014

Vaya por delante que no hay malicia en la selección, pero a veces las cosas cuadran así. Y es que, hablar de prensa justo después del fin de semana más concurrido en los cementerios, me permitiréis, tiene su cierta retranca. Lo cierto es que si nos ponemos sibaritas, a los periodistas esto de la crisis nos cogió con los zapatos puestos, dado que como colectivo nunca llegamos a vivir con desasosiego, ni siquiera en los tiempos de la burbuja.

Centrémonos: durante aquellos lejanos años de facultad, las estrellas invitadas que desfilaban un cuatrimestre por nuestras vidas se encargaban de explicarnos cómo tenían su ego. Que si yo, que si mi periódico, que si mi libro, que si mi reportaje, que si cuando yo, que si...Ante tal despliegue de ombliguismo ilustrado, muy de vez en cuando, se colaban los azotes de referencia de un tal Grijelmo, una tal Fontcuberta y un tal Carreter. Uno de esos latigazos venía a decir que el ejemplo más vivo de prensa local y comarcal se daba en Galicia, donde lo que decía cualquier pequeño diario iba a misa en su ciudad. Y ahí quedó aquel comentario hasta que, todos sabemos cómo, acabé hace seis años por aquí. Y aunque ningún diario impreso contará mis aventuras, lo bien cierto es que no será por falta de espacio. La cosa queda así:
  • La Voz de Galicia: es considerado el medio de referencia dentro y fuera de Galicia y, junto al Marca, el periódico de cabecera de Mariano. Impreso a unos metros de Inditex en Arteixo, en la actualidad cuenta con 14 ediciones y presenta una línea muy afín al gobierno de Feijóo y al PP. Pese a la sangría de lectores, es el periódico más leído en Galicia, aunque no consiga datos satisfactorios si desglosamos las cifras de las principales ciudades.
  • Faro de Vigo y Opinión de A Coruña: cabeceras pertenecientes al grupo Editorial Prensa Ibérica (Levante-EMV e Información, entre otros), cuentan con una línea ideológica progresista y muy localista. Faro, decano de la prensa escrita en España, es el medio de referencia en Vigo y gran parte de la provincia de Pontevedra (a excepción de la capital y su área de influencia), hasta el punto de que con frecuencia se produce una sinécdoque ("faro" es utilizado como sinónimo de "periódico" en Vigo). La Opinión, un medio mucho más joven, recoge muchos contenidos de su hermano mayor y, de una manera modesta, plantea una alternativa en A Coruña.
  • El Progreso, Diario de Pontevedra y De luns a venres: periódicos de la provincia de Lugo, el área metropolitana de Pontevedra y principales ciudades de Galicia, respectivamente, pertenecientes ambos a los mismos dueños. Ponen su foco en la información local, donde consiguen ser líderes, y comparten el resto de páginas. No obstante, El Progreso es el medio de referencia en toda la provincia, pero Diario de Pontevedra está padeciendo más la crisis que viven los medios de comunicación. De luns a venres se escribe en gallego y se distribuye gratuitamente.
  • La Región y Atlántico: con similares propietarios, el primero es el diario de referencia en la provincia de Ourense y, el segundo, un líder indiscutible en las cafeterías viguesas (nadie se explica cómo, pero consigue colarse en todos los espacios de hostelería de la ciudad pese a ser el tercero más leído). Ponen también el acento en la información de proximidad y comparten el resto del periódico. Mantienen una línea muy vinculada a la derecha. 
  • El Correo Gallego: diario de Santiago y su zona de influencia, pese a ser fundado en Ferrol. Desde 2001 se distribuye indisolublemente con El Mundo en Galicia y estéticamente es el más rompedor de cuantos se pueden comprar por aquí. Con una información muy centrada en Santiago y Galicia, en la actualidad simpatiza con el presidente de la Xunta.
  • El Ideal Gallego, Diario de Ferrol, Diario de Arousa, Diario de Bergantiños y DxT: medios pertenecientes al Editorial La Capital, cuyo ámbito de distribución es A Coruña, Ferrol, comarca de Arousa, comarca de Bergantiños y, nuevamente, A Coruña. Comparten gran parte de la maqueta y de las noticias, pero se desmarcan con la información de proximidad. Nuevamente, mantienen líneas editoriales muy próximas a la derecha. DxT es el único diario estrictamente deportivo que se edita desde Galicia y se centra muy especialmente en el Dépor.
Una amplia y segmentada oferta a la que los medios de tirada estatal tienen que hacer frente con ediciones más o menos acertadas, como El País, ABC o Expansión. No obstante, y a modo de oasis, la prensa local y comarcal sigue ganando la partida en todos los rincones de Galicia.

Pero de un tiempo a esta parte, sólo llegan malas noticias para este hermoso ejemplo de variedad de cabeceras. A los cierres de Xornal de Galicia (2011) y Galicia Hoxe (2011) y la supresión del cuadernillo de Galicia en El País (2012), tenemos que sumar los rumores que pesan sobre algunos de los medios de los que anteriormente hablaba. No me gusta contar cosas que no han pasado (y esperemos que no pasen), pero el agónico ajuste de las cuentas de resultados de muchas de estas empresas es un hecho. Lo único cierto es que, a partir de mañana mismo, Diario de Pontevedra no saldrá a la calle durante una semana, en respuesta por los últimos despidos. Y ayer, los empleados de Editorial La Capital reclamaron el pago de nóminas atrasadas. Puede ser una buena piedra de toque para ver cómo reaccionan el resto de medios.

En imagen, un pequeño ejemplo de la variedad de medios que tenemos en Galicia. No están todos los que son, pero al paso que vamos, por desgracia poco más quedará.

No es norte todo lo que reluce

Publicado el domingo, 17 de agosto de 2014

Siempre se dice aquello de que, como en casa, en ningún sitio. Y bien, no siendo del todo cierto, algo de verdad esconde. Esta frase cobra especial énfasis cuando uno vuelve de vacaciones y hace balance de lo que acaba de conocer y lo compara con lo habitualmente trata. Últimamente me pasa que gana casi siempre lo que ya conocía. Y, sin riesgo de ser un defensor vehemente de Galicia (que para algo nací en la millor terreta del món), las comparaciones son odiosas con otras zonas del mal llamado "Norte" (al final, para mí no dejan de ser "Oeste", pero ya se sabe del "mesetacentrismo" que domina el lenguaje).

Las históricas niñas bonitas del turismo del "Norte" son Euskadi y Asturias (¿quién no ha estado en los Lagos de Covadonga o ha visitado el Guggenheim?). Una muy trabajada multi-oferta con cabida para los amantes de la gastronomía, de la cultura y de los entornos naturales ha conseguido que estén de moda año tras año para jóvenes, familias y adictos a los viajes. Pero de un tiempo a esta parte, Galicia hace todos los esfuerzos posibles para presentarse guapa y aseada ante esos potenciales turistas que parecen no conocer qué ocurre al final de la A-6 (o de la A-52). A fuerza de Xacobeos y de unas muy sólidas campañas publicitarias, se trata de equilibrar la balanza. No seré yo quien pida turistas a gritos, pero voy a permitirme unas cuantas aclaraciones que decantan la balanza para Galicia. Sin acritud, pero con orden.

El paisaje. A los que sabemos enumerar más de tres variedades de arbustos y matorrales, el verde nos deja embobados, lo reconozco. "¿Quién riega todo esto?", me pregunto más de una vez. Así que esa loma verdosa, esa hierba soberanista y ese camino entre árboles, nos chiflan como a los turistas japoneses las sevillanas. Y en ese eterno contraste entre la parte interior y la costera, no hay quien supere a Galicia.

La costa. Aquí Galicia hace trampas, ya que cuenta con casi 1.500 kilómetros de costa (contra los 400 de Asturias y los 250 de Euskadi), pero así es la vida. Se debe reconocer que entornos como el islote de Gaztelugatxe o la ría que abre Mundaka son de una belleza sublime, pero nada que no se pueda encontrar en la Costa da Morte, desde Malpica hasta Lira, pasando por Camariñas, Muxía, Fisterra ó Corcubión. O, por qué no, la belleza cantábrica de A Mariña. Y todo mucho menos transitado y más natural, salvo alguna cosa.

Las playas. Hablemos con propiedad: las playas en Galicia son Champions League, pese a esa temperatura del agua que hiela hasta el alma. Y contamos con una variedad apabullante: playas urbanas como Riazor en A Coruña, playas interminables como A Lanzada entre O Grove y Sanxenxo, playas evocadoras como Rodas en las Cíes, playas de bocadillo de tortilla y filetes de pollo como Samil, playas para pasajeros con poco equipaje como Barra en Cangas y así hasta el infinito.

El interior. Cuando crees que todo lo interesante a ver en Galicia está bañado por el Atlántico o el Cantábrico, descubres el resto. La Ribeira Sacra es hermosa por definición, imposible por conjunción e indomable por composición. El Camino de Santiago ha sabido labrar múltiples grietas para horadar el corazón de Galicia, desde Pedrafita hasta Sarria y, desde ahí, hasta Compostela. Y, cómo no, no se puede olvidar ni O Courel, ni Os Ancares, donde el relieve marca la forma de ser y de vivir de sus gentes.

Las ciudades. El casco viejo de Bilbao es bonito, acogedor y limpio, pero Santiago le pasa por la izquierda en cuanto a encanto. San Sebastián tiene un paseo hermoso y una playa icónica, pero en belleza y misticismo le gana la zona de Riazor-Orzán y la Torre de Hércules de A Coruña. Vitoria dicen que es una ciudad amigable y cómoda para vivir, algo que iguala sin problemas Pontevedra. Y aún guardo los ases en la manga de Ourense, Lugo, Ferrol y Vigo.

Los pueblos. Casa pintadas, reminiscencias de pescadores, una animada plaza, terrazas junto al mar y tardes eternas viviendo. Euskadi, Cantabria y Asturias tienen mucho de eso, pero por aquí ponemos sobre la mesa Viveiro, Muros y Baiona. Si me fuerzas, Oleiros, Vilagarcía, Cangas o Moaña. Se debe reconocer que a veces por aquí se peca de feismo, pero no en todo se va a ser perfectos, ¿no?

La gastronomía. Me río yo de la sidra y de txacolí, teniendo Godello, Albariño, Ribeiro o Mencía. Me río de los pintxos cuando tienes cientos de fiestas gastronómicas que honran al vino, al marisco, al pulpo, al bonito, al pan y, prácticamente, a cualquier cosa que se pueda llevar a la boca. ¿Y qué sería del mundo sin la crema de orujo y el licor café? Sin duda, un sitio más seguro.

Los precios. Si sabes dónde, en Galicia una mariscada son 25 euros. Si me apuras, una comida se paga casi con el billete más pequeño. Una caña lleva comida suficiente para cenar y para dar de comer a las gaviotas. Y un café se acompaña "de gratis" un trozo de bolla. Y, amigos, a 2,50 euros el pintxo en la zona vieja de San Sebastián, poco más que añadir.

La gente. Como no, para cerrar todo esto, es necesario hablar de la gente, pero esta vez sin comparaciones. Los que hayáis venido alguna vez a Galicia lo sabréis: aquí todo el mundo es atento y en cada esquina te sorprende una sonrisa. El sentido del humor se fusiona con la retranca y la realidad se dulcifica a golpe de -iño.

En imagen, viejos refugios de pastores cerca de Folgoso do Courel, actualmente en desuso, en la ruta de los sequeiros de Mostad. Imágenes como ésta demuestran el potencial turístico que tenemos por este lado del mundo, sin tener en cuenta los "olvidos" de esta entrada.

La estrella en el jardín

Publicado el miércoles, 16 de julio de 2014

Debo reconocer que la cerveza no me gusta, me cae antipático su sabor y me da cierto repelús su color. Habrá quien se escandalice, pero es así. No consigo que entre ni con compañeros de vaso deliberadamente elegidos para camuflar su sabor. Si acaso, y por estrambótico que parezca, tuve un pequeño escarceo cervecero en Bélgica, donde probé variedades de chocolate, frambuesa y melocotón. Y poco más. Lo reconozco, cuando veo a esa panda de hipsters cocinando una paella con cebolla, casi me entran ganas de llorar. Confieso todo esto para que, con cautela o con asombro, leáis con compasión las siguientes líneas.

Centrémonos. Hasta mi primera visita a A Coruña, allá por 2007, había podido esquivar a mi pequeña enemiga. Pero una tarde fuimos a un sitio llamado "La Estrella", un bar atiborrado de gente y con fama de tener la mejor cerveza de la ciudad. Aunque la variedad de su carta era más bien reducida: Estrella, Estrella Sin, clara de Estrella y agua. No entendía que en tal fijación por la cebada no cupiera un refresco que le insuflara un poco de chispa a la vida. Por aquello de no desentonar demasiado, me atreví con una clara que, por supuesto, desfiló casi íntegra a otro paladar más curtido en rubias. Y hasta ahí duró mi idilio con la Estrella, esa cerveza rara que a Valencia casi ni llegaba a mediados de la década pasada.

O eso parecía, porque un año y pico después di con mis huesos en A Coruña, feudo de la transformación de ese cereal fermentado tan apreciado. Poco a poco fui descubriendo como el consumo de la Estrella era algo casi patriótico al punto que resultaba prácticamente imposible encontrar bar, restaurante o antro que sirviera cualquier otra cerveza. Con el tiempo, y no sin esfuerzo, aprendí que una 1906 era el mejor premio para esas situaciones especiales y que ni Dios mínimanente gallego pide "una cerveza" de forma impersonal. No cuento con datos, pero dudo mucho que Estrella Galicia no acapare al menos dos tercios de todo el lúpulo embotellado que corre por barras y mesas autóctonas.

El caso es que, coincidiendo con mi aventura gallega, Estrella Galicia inicia su decidida expansión estatal e internacional. Es el momento en que empiezan a llegar a todos los súper (incluso a los de Valencia en plenas Fallas), declaran la guerra a sus competidores en territorio enemigo, se arrancan con campañas publicitarias sentimentales y millonarias, aprenden chino y bailan samba, nos dan las campanadas, aparecen en todas las series (sí, sí, incluso importando el concepto de product placement digital) y hasta patrocinan un equipo de Moto3. Y, sumidos en esta ola, completan su oferta de cervezas premium con la 1906 Red Vintage La Colorada y Estrella Galicia Selección Cerveza Negra.

A fuerza de un buen plan de marketing (y supongo que también gracias a un sabor muy valorado), se han convertido en la cerveza de moda. Los gallegos, vivan o no más allá de Pedrafita o A Gudiña, ya lo tenían claro y se esforzaban en conseguir un sorbo bien frío de esta rubia. Mientras, los que no acabamos de encontrar la gracia al sabor de la cebada fermentada, aguantamos estoicamente aquello de "si no te gusta, es que no la has probado lo suficiente". Puede ser.

En imagen, unas cuantas Estrellas posan como tales. Sin duda, ya es verano.

La mayoría de edad del Fiesta

Publicado el jueves, 12 de junio de 2014


Cuando cuento la historia de que el último coche de mi abuelo fue, a su vez, mi primer coche en propiedad, siempre hay alguien que encuentra algo poética la situación. Como no son buenos tiempos para la lírica, yo suelo pensar que hay un profundo pragmatismo en todo esto (el mismo que me enseñó mi abuelo toda su vida, porque siempre fue de la escuela de la rotunda sencillez): acabé heredando el que había sido su Ford Fiesta cuando él murió hace tres años y medio. Un viejo diésel matriculado en 1996, sin ningún lujo asociado, pero con menos de 70.000 kilómetros en sus ruedas. Una fierecilla de 60 caballos, con matrícula de Valencia y acostumbrada a la buena vida mediterránea: sol, garaje y paseos de fin de semana. Si hubiera sabido lo que le venía encima en los años siguientes en este lado del mundo, hubiera frenado en seco a la altura de Utiel.

Pero repasemos un poco su historia, porque bajo ese capó blanco guarda la gran odisea de recorrer los cerca de 1.000 kilómetros que separan Valencia de Vigo, un trayecto que poco tenía que ver con sus viajes habituales a La Pobla de Vallbona o Bétera. Y llegó, con solvencia y dando muestras de que podría cumplir aquello de "Con tu Ford, al fin del mundo" (¿o tal vez era "con tu Peugeot"?). Del tirón, fuimos completando a turnos esas pequeñas grandes etapas que muchos conocéis o conoceréis algún día: subir el Portillo de Bunyol, llanear por Cuenca, decidir si es mejor la M-30, la M-40 ó la M-45, cruzar Guadarrama (preferentemente por el túnel), coquetear entre los límites de las provincias castellanas, maravillarse ante la agreste entrada en Galicia y, por supuesto, el premio de descender a la Ría de Vigo.

De un día para otro, su vida cambió radicalmente. Clima, carreteras, conducción, uso... Y empezó a conocer otros sitios en los que nunca hubiese imaginado estar: Ourense, Pontevedra, Santiago, A Coruña, Ferrol ó Lugo. Luego Oporto, también Lisboa (y, por extensión, el resto de Portugal), Segovia, Madrid y Asturias en toda su grandeza. Y, así, muchos sitios. Sus más y sus menos con alguna correa y vandalismo a un lado, en estos tres años y medio el coche se ha portado como una roca. Y pese a que no es el utilitario más cómodo del mundo ni tiene aire acondicionado (¿aire acondicionado en Valencia?), seguirá con nosotros hasta que él quiera. Aunque somos conscientes de que las necesidades cambiarán en un futuro, no merece acabar en el desguace por el simple hecho de ser viejo.

Como curiosidad, en Vigo circula un hermano gemelo: no sólo comparte modelo y color, sino también provincia y año de matriculación. Ya me diréis cuántos Ford Fiesta de 1996, blancos, con cinco puertas y de gasoil, con matrícula de Valencia puede haber en Vigo (y, para mayor lucimiento, aparca en mi mismo barrio). En más de una ocasión me han creído avistar en sitios y momentos en los que estaba en otros menesteres.

A todo esto, el Ford Fiesta cumple hoy 18 años desde que salió del concesionario Daule en Valencia y mi abuelo nos lo enseñó orgulloso. De aquel día recuerdo el tintineo de las llaves contra el llavero. Como si fuera ahora mismo, veo a mi abuelo pidiéndome que le quitase la antena de la radio "per si la furtaven (por si la robaban)" y como, sin tapujos, insistía en que ese coche "seria per a tu (sería para ti)". Ciertamente preferiría que no hubiese tenido razón de haber conocido la manera en que todo esto se produjo. Y supongo que hay bastante de conexión sentimental con este superviviente de otros tiempos.

En imagen, el Ford Fiesta en la Cidade da Cultura de Santiago, en plena Costa da Morte camino de Cabo Vilán y junto al Lago de la Ercina, en los Lagos de Covadonga. Si al pobre le cuentan esto hace cuatro años...

One hit wonder

Publicado el lunes, 14 de abril de 2014

Debo reconocer que, a veces, me gusta echar un vistazo atrás y ver qué fue de esos one hit wonder que pegaron fuerte en tu vida durante un periodo de tiempo muy limitado. Una especie de banda sonora de un momento que, tan pronto como empezó a sonar, se apagó en el silencio del tiempo. Y es que con los años descubres que esos éxitos efímeros te rodean: a veces son amistades, gente famosa que ves al otro lado de la tele o lugares a los que nunca vuelves. Pues creo que os debo una explicación a un one hit wonder en toda regla del que os hablé hace unos meses: el running. Pero antes de nada conviene aclarar que va camino de ser un grupo con varios éxitos.

La realidad es que, allá por el mes de agosto, me até mis zapatillas de trekking y me puse a correr, bajo la excusa de apoyar moralmente a Cris (quien por cierto ya corría en el gimnasio). Las heridas del primer día me hicieron ver que, tal vez, sería una buena inversión hacerme con un calzado algo más apropiado y algún pantalón corto para evitar los golpes de calor estivales. Empecé arrastrándome al dictamen de un reloj: 3 minutos a paso ligero, 2 minutos andando, 3 minutos a paso ligero y para casa. Aumenté las series y pasé a correr por distancia. Tres kilómetros, después tres y medio y, más tarde, cuatro. Fue todo un hito subir hasta los cinco kilómetros. Aumenté frecuencias de dos a cuatro veces cada semana. Y me puse un objetivo, alentado por otro corredor optimista: "en febrero corres la Interrunning de Porriño", una prueba de diez kilómetros. A cuatro meses vista, cualquiera sabe.

Pero vete tú a saber las razones, la prueba se canceló y decidí adelantar mis estreno en lo que se refiere a pruebas cronometradas en la Correndo por Vigo. El entrenamiento previsto no daba para llegar a la prueba de enero preparado, pero aún así forcé hasta llegar a mi primer 10k del tirón, una semana antes de lidiar con el resto de corredores. Y aunque el mal tiempo y los excesos navideños no ayudaron, acabé empapado y dignamente mi primera prueba oficina, con un tiempo de 47:12, casi un minuto menos de mis mejores pronósticos.

Justo en ese momento, la Interrunning de Porriño volvió a tener fecha de celebración y, ni corto ni perezoso, me apunté. Por cuestiones de organización se trasladaba a marzo y yo con ella, aunque la lluvia también. Ya sin los nervios del debut y con algo más de capacidad de controlar las -justitas- fuerzas, di un par de vueltas al circuito urbano que nos habían preparado. Aún sin demasiado tiempo para entrenar, y con una ración de arepas de la madrugada anterior en el buche, paré el crono en 46:39, brazos al aire mientras cruzaba la meta.

Y en ese momento surgió la duda: "¿corres la Vig-bay (una media maratón)?", me preguntaron. "Ni de broma", dije. Pero entonces empezaron los sudores previos al cambio de década que afrontaré el próximo año. Y del día a la mañana, me vi con un plan maestro para preparar un medio maratón en un mes: este fin de semana 12 kilómetros, al siguiente 14, al siguiente 16, al siguiente 18 y, al siguiente, la prueba (eso sin contar un par de entrenamientos más por semana). Me inscribí y empecé a correr como un poseso, hasta superar los 125 kilómetros en marzo. Y sobrecumplí el plan: 12, 14, 18 y 20, con un ritmo muy controlado.

Y con esos antecedentes me calcé las zapatillas hace una semana, ante mi primera prueba de 21 kilómetros. Junto a 5.000 personas más serpenteé por la carretera de la costa que une Vigo y Baiona, con las Cíes de fondo (estaban allí, parece ser). Sudé, sufrí y me hidraté como pude. A veces adelanté a los que se iban quedando; otras, me pasaban por todos los lados. Y bastante abatido, aunque con fuerzas para levantar un brazo, completé el recorrido en 1:45:15, un minuto por debajo de mis sueños.

En cierta medida, el domingo cerré un ciclo que ha durado unos ocho meses. Unos 450 kilómetros, dos pares de zapatillas, un día y medio a trote, siete kilos menos, algunas uñas caídas y muchos buenos momentos después, he pasado de ser un patoso corredor a alguien satisfecho de su esfuerzo.Y ahora abro otro, porque no sé muy bien cuál va a ser el siguiente reto deportivo a plantear. Tengo muchas ideas en la cabeza, pero sólo una pregunta: ¿dónde está el límite de mi cuerpo?

En imagen, una compilación de los tres dorsales que han sudado conmigo en estos últimos tres meses. Vamos a esperar para sumar el cuarto, que los kilómetros pesan.

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